Bridge of Spies

El Puente de los Espías, patrioterismo americano solvente con la Guerra Fría.

Un hombre de lo más normal, anodino, lacónico, amante de la pintura, tranquilo, muy calmado, con gafas, ojos grises, medio calvo, de constitución mediana, débil. Un espía soviético en suelo estadounidense a finales de la década de 1950.

Un hombre cualquiera, Rudolph Ivánovich Abel, espía soviético que se convierte en cliente de James Donovan, un abogado de seguros de Brooklin, padre de familia de clase media alta. Su relación es el núcleo de la última película dirigida por Steven Spielberg, El Puente de los Espías (Bridge of Spies), metraje clásico, lineal, bien narrado, cuyo peso recae en Tom Hanks –el abogado– y en el inglés Mark Rylance –el espía soviético, al que el espectador le coge mucha simpatía–. Paralelamente, el teniente Francis Powers (interpretado por Austin Stowell) cae en manos de la Unión Soviética, la cual lo declara enemigo, traidor y lo confina en una celda… a la espera de un movimiento político americano.

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De eso trata la película: de la Guerra Fría. Vista desde un prisma inequívocamente estadounidense. Parte del filme sucede en Berlín Oriental, en la República Democrática Alemana, o DDR, o Alemania del Este, el estado filosoviético que existió al este de esta locomotora europea entre 1945 y 1990.

Y los alemanes y los rusos que aparecen en el filme son los malos malísimos, como si una delgada línea los separara de los nazis de otras pelis de Spielberg.

El patriotismo americano es evidente, pero no pornográfico como en otros films del mismo director. Al fin y al cabo, es una cinta de Hollywood, la gran maquinaria propagandística del imperio americano. Y Spielberg es un storyteller excelente, sin los aspavientos de Michael Bay o las chifladuras de los mercenarios de Sylvester Stallone.

El Puente de los Espías posee dosis patrioteras muy normales en cualquier película americana (la presentación de los rusos es estereotipada, por ejemplo), y nos recuerda que fueron ellos, los americanos, los que ganaron la Segunda Guerra Mundial con los soviéticos y vencieron la Guerra Fría contra los soviéticos. En ello, no hay mayor novedad.

Tampoco supone una novedad el hecho que sea una buena película firmada por Spielberg. Hemos hablado de sus normales dosis de patrioterismo, de la narración diáfana y lineal de la cinta. No nos olvidamos de un protagonista más que solvente, un Tom Hanks cómodo y carismático, acompañado por secundarios también cumplidores.

Tampoco faltan marcas de la casa, como la presencia de niños pequeños en algún punto de la cinta, de momentos cómicos simpáticos y entrañables, o de una banda sonora clásica y envolvente firmada por Thomas Newman.

No debemos olvidar tampoco que el guión lo firman los hermanos Ethan y Joel Cohen, junto con Matt Charman, guionista de películas hasta ahora relacionadas con la Segunda Guerra Mundial, como La Suite Francesa, o series. Spielberg rodeado de colegas serios y dignos, la mayoría judíos –también marca de la casa–, para un filme que podemos ver tranquilamente una tarde de domingo, dos horas y media que pasan rápidamente si las deleitamos con un bol de palomitas y una coca-cola sobre nuestro regazo.

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