Analizando Boardwalk Empire

Hace  poco finalizó la quinta y última temporada de Boardwalk Empire, una de las mejores series televisivas dedicadas a una época determinada de la historia de los Estados Unidos de América –el nacimiento de la mafia americana moderna gracias a la Ley Seca–, a un sentimiento, la ambición, y a la relación no siempre fácil entre distintas generaciones. Emitida en la HBO cada año desde 2010, poseyendo un cartel de lujo y unos padrinos inigualables (Martin Scorsese, Mark Wahlberg), consiguiendo una caracterización de los personajes y de la época sin precedentes, Boardwalk Empire nació con la intención… mejor dicho, con la ambición de ser LA serie de mafiosos, la precuela de las precuelas, una serie que el mejor crítico de series de la Europa Meridional, Toni de la Torre, ha calificado en muchas ocasiones como una serie grandiosa, en calidad y en cantidad. Repasemos pues los tres grandes ejes por los que ha discurrido la serie durante estos cinco años. ¡Atención, haters de los spoilers!

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La década de la Ley Seca

En 1919, después de muchos años sufriendo las andanadas de un lobby ultraconservador puritano que pedía la prohibición de la venta, importación y fabricación de las bebidas alcohólicas en todo el territorio de los Estados Unidos de América, se aprobó la Ley Volstead, también llamada Ley Seca o Prohibition. La Liga Antibares, el lobby del que hemos hablado, y Andrew Volstead, el presidente del Comité Judicial de la Casa Blanca que aprobó la Ley, convirtiéndola en la décimo octava enmienda de la constitución americana, no se podían imaginar que dicha norma, en vigor hasta 1934, se convertiría en la principal causa de la escalada de la corrupción, la violencia y el crimen organizado en los USA durante toda la década de 1920. Personajes como Al Capone, Arnold Rothstein, Charles Lucky Luciano, Joe Masseria, o Nucky Johnson no pueden comprenderse sin la Volstead Act.

Boardwalk Empire (cuya traducción al castellano sería El imperio del muelle o, mejor, El imperio del paseo marítimo) es la radiografía de esa época. Es una serie de la Home Office Box (la HBO) apadrinada por Martin Scorsese y por el creador de The Sopranos (en antena desde 1999 a 2007), Terence Winter. Es una serie de época, muy cara, una belleza. Los actores lo saben, leen unos guiones muy definidos, se gustan y buscan sorprender al espectador y explicarle aquella lejana época en la que un experimento más de la sociedad terminó en drama.

La trama principal se desarrolla en Atlantic City (actual patria de los italoamericanos chonis de Jersey Shore), la ciudad más fiestera de la costa de Nueva Jersey –Las Vegas de la East Coast–. Y el personaje principal es Enoch ‘Nucky’ Thompson (interpretado por un extraordinario Steve Buscemi, quien actúa el papel de su carrera), el tesorero cacique y miembro del partido republicano que manda, con mano de hierro, una “ciudad depravada”, como la define un personaje en los últimos capítulos de la tercera temporada.

Nucky y su círculo más íntimo son la excusa perfecta para conocer cómo los USA comprendieron que ellos también pueden llegar a ser muy bananeros. Los políticos de uno y otro partido –sobre todo del Partido Republicano, hegemónico a lo PRI desde la Guerra de Secesión hasta la Gran Depresión– se codeaban con periodistas, policías y gángsters y, a veces, se entrelazaban los roles. Nucky Thompson, de hecho, está inspirado en Enoch ‘Nucky’ Johnson, el cacique de Atlantic City en aquella época, tesorero del condado de Atlantic y miembro destacado del Great Old Party (el GOP, el otro nombre del partido republicano) en New Jersey, gangster por ser fabricante y vendedor de un producto prohibido y, por tanto, receptor de unos beneficios pecuniarios enormes en un mercado fuera de la ley.

Como amante de la Historia, la ciencia que estudia el pasado y por tanto explica el presente e intuye el futuro, estoy enamorado de la caracterización de la época de los Años 20 que nos han presentado las tramas y los personajes de Boardwalk Empire. Un enorme plató recrea la Atlantic City de aquella era perdida en los licores del tiempo. El vestuario es de Oscar y la música (cada canción final de cada episodio es una obra maestra y, mejor aún, son de marca Siglo XXI versionadas Años Veinte, y que podéis escuchar en esta playlist de Youtube) una sucesión de originalidades. La confección social: las primeras sufragistas, la desigualdad social, la avanzada tecnología americana (coches, teléfonos, material aún muy poco frecuente en Europa), un racismo sistemático que dividía las razas en todas partes, un Estado Federal aún débil por los celos de los estados federados en ceder soberanía a la República (nos suena, ¿verdad? ¿No es algo que, salvando las distancias, estamos viviendo en la UE?).

La Ley Volstead fue una causa más para que se desarrollara la Federal Bureau of Investigation (el FBI), que nació en 1924 después de que su director, un joven John Edgar Hoover –quien se estrena en la cuarta temporada–, recibiera el beneplácito del Departamento de Justicia (o Fiscalía General de la Federación) para convertirla en un órgano autónomo de policías federales, funcionarios que vigilarían los diseminados cuerpos de policía estatales, de condados y municipales, corruptos por las consecuencias de la Ley Seca.

El FBI fue una consecuencia más, y se ayudó por el también órgano administrativo Bureau of Prohibition –Oficina de la Prohibición, o Prohibition Unit (que en 1933 pasó a llamarse Bureau of Alcohol, Tobacco and Firearms, integrándose en la Hacienda Federal, y en años recientes Bureau of Alcohol, Tobacco, Firearms, and Explosives)– cuyo personaje principal es el puritano agente Nelson Van Alden, convertido en el fugitivo George Muller en la tercera temporada, asentado en Chicago con su nueva familia, y viviendo una vida corrompida por culpa de sus peripecias en Atlantic City.

Michael Shannon es el causante de interpretar tal personaje; su mirada asustada, bizca e insegura, a la par de peligrosa, es un puro poema visual. Shannon consigue interpretar tal vez al personaje más complejo, al que vive una mayor evolución desde su primera aparición, una huida hacia ninguna parte que destruye sus convicciones, un Fausto más de entre todos los Faustos que deambulan por Boardwalk Empire. En el caso de Van Alden, cuya muerte es de las más chocantes por ridículas y repentinas (un simple balazo lo fulmina), el diablo al que le vende el alma es la vorágine de corrupción moral surgida tras la aprobación de la Ley Seca. Nelson Van Alden / George Muller es tal vez uno de los personajes más amados por la audiencia de esta serie, junto a Nucky Thompson, Al Capone, Richard Harrow y Chalky White.

La ambición

El fin de Boardwalk Empire me ha causado tristeza: por una parte, porque termina una serie estupenda, cuya caracterización de una época y de una sociedad confirman el alto nivel del que gusta presumir la HBO; por otra parte, sin embargo, me ha causado mucha tristeza porque al final la serie no ha conseguido ser lo que pretendió y prometió ser. En 2010, justo unos meses antes de su estreno, circularon noticias sobre los sobrecostes millonarios de la misma, por su desorbitado alcance de personajes –la historia de todas las personas que crearon la mafia moderna estadounidense gracias a la Ley Seca; estamos hablando por tanto de un gran número de personas–, por su altísima complejidad artística, la cual ha tenido que jugar conforme a las leyes de la audiencia. La ambición ha sido, a fin de cuentas, lo que la ha hecho nacer, crecer rápidamente y morir también rápidamente.

En un principio, Boardwalk Empire tenía que haber durado, con intermitencia, toda la década de 1920, comenzando justamente el primerísimo día de aquel decenio; la temporada 2 circula por 1921-22; la tercera, entre 1922-23, y la cuarta se salta un año para pasar a 1925, justo en la cresta de la ola de la Ley Seca. Las leyes del capitalismo, demasiado simples para el arte más complejo, han acabado frustrando el destino de Boardwalk Empire: la quinta temporada salta a 1931 y años finales del siglo XIX, es el fin de la serie, un fin obligado por la baja audiencia que cosechó la misma después de la tercera temporada y con una cuarta irregular.

Boardwalk Empire ha pecado de ambición cualitativa y cuantitativa, ha querido ser demasiadas cosas a la vez, lo que la ha frenado en seco, incluso en un canal de TV, la HBO, famoso por su laissez-faire para con los creadores de sus series. La quinta temporada, como comentábamos, cierra la serie, tal vez de manera repentina. Se centra mucho más en la biografía de Nucky, en sus orígenes: hijo de un padre con alta debilidad espiritual –borracho, frustrado, pobre, desgraciado, inútil–, de una madre fervientemente católica, y hermano de una chica muerta de tuberculosis y de un niño, Eli, que necesita su protección por la falta de horizontes que le depara su familia, Nucky se centra en ganar dinero para ayudar.

Es la familia su primera y principal ambición, tener una familia normal, bienestante, gracias a un buen sueldo. Deja la escuela y encuentra un mentor en el sheriff Lindsey (Boris McGiver) de la incipiente Atlantic City de 1884, una ciudad ideada por el Comodoro Louis Kaestner (de joven, John Ellison Conlee; de viejo, Dabney Coleman). Las ganas de prosperar harán que Nucky finalmente se convierta en el gran Fausto de la serie, de cuyo pecado original acabarán siendo las principales víctimas tanto el personaje como la serie.

La season finale, compacta, de 8 capítulos, es la que relata con mayor maestría los otros dos ejes de la serie: la ambición y las relaciones intergeneracionales. Antlantic City nació gracias a la visión de un hombre, el comodoro real Louis Kuehnle, quien en la serie es versionado como un hombre que utiliza su ambición, avidez y tiranía para hacer crecer la ciudad. Como muchas otras ciudades americanas, Atlantic City apareció de la nada, en unos USA en Reconstrucción después de la Guerra de Secesión (1860-65) y muy necesitados de repoblar su joven nación con cientos de miles de inmigrantes europeos que huían de un Viejo Continente con tintes aún del Ancien Régime. Éste es el contexto nacional americano de Boardwalk Empire: la ambición.

No se puede entender la relación Nucky–Comodoro sin haber visto la quinta temporada. “Cuando gané cinco centavos”, explica Nucky a su esposa, “fui el niño más feliz del mundo, pero pensé, ¿cómo sería ganar diez centavos? Y cuando los gané, quise veinticinco…” Una afirmación que solo encuentra respuesta –y propuesta– en la que le hizo el Comodoro en 1897 si Nucky de verdad deseaba prosperar: “Conmigo y a través de mí, no hay otro camino”.

Mefisto le habló y Nucky, quien al final posee la misma debilidad de espíritu que su padre y que Tony Soprano, accedió, corrompiendo a la niña Gillian Darmody (quien de mayor es una Gretchen Mol que ha salido en pelotas en muchas ocasiones) para poder así subir todos los peldaños del poder. Para Nucky, al final, todo se desarrolla bajo las normas de la ambición: o matas o te matan, o actúas mejor que tus rivales, o lo pierdes todo. La ambición, un sentimiento motor, necesario y noble en muchos sentidos, es un cuchillo sin mango que, mal utilizado, puede hacerte mucho daño.

Nucky Thompson, como protagonista eje de la serie, pretende ser una estrella por la que orbiten planetas; no se conforma con ser un planeta, ni mucho menos un satélite. Y no es el único: todos sus colegas de fechorías, desde Johnny Torrio en Chicago a Arnold Rothstein en Nueva York, son como él; ellos también se hicieron a sí mismos y ellos también tienen una generación joven detrás que, con la misma ambición, quiere desposeerles de todo. Igual que hicieron ellos con sus mentores. Nucky Thompson, o Steve Buscemi, logra todo lo que se propone, a veces dejando un reguero de sangre tras él.

Se casa con una viuda, Margaret Schroeder (en la piel de la escocesa Kelly Macdonald, la chica de Trainspotting, 1996), adopta a sus hijos, la encumbra y después se cansa de ella, haciéndose con una querida, corista de Nueva York, que muere en trágicas circunstancias en la tercera temporada. Nucky tiene un hermano, Eli, que pasa de sheriff a gangster en una magistral actuación de Shea Whigman. Tiene muchos socios, de los cuales destacan Al Capone –un Steven Graham que se luce sobremanera en cada escena en la que aparece– en Chicago, y el capo negro Chalky White –el interesante Michael Kenneth Williams– quien, en una escena capital de la primera temporada, introduce una palabra que por aquel entonces no era conocida por el gran público blanco: motherfucker (Nucky, al escucharla, pregunta a sus colegas: What the hell does motherfucker mean?) Solo hace falta que le pongáis acento negrata en vuestra primera dicción y acento WASP en la segunda: así se pueden entender muchas de las características de la cultura popular americana, del melting pot sociológico estadounidense que Boardwalk Empire ama enseñar.

Cabe intuir que el final de la serie debía haberse escrito o ideado con anterioridad a las decisiones de la HBO de finalizarla. La ambición, aunque impulsiva y llena de riesgos, posee también sus frenos, y uno de ellos es la desconfianza: quizá los guionistas desconfiaron, sanamente, de sus grandes jefes de la cadena, los que solo miran los balances y los flujos de caja, y todos por si acaso formularon el fin de la misma. Aunque repentina y compacta, la quinta temporada es un grandísimo ejercicio de cierre, magníficamente narrado. La pérdida de alcance de la serie, aparecida en la cuarta temporada, no se relame en sus heridas y la que fue llamada “la precuela de Los Soprano” consigue un fin mucho más límpido y consecuente que su denominada “secuela”.

La quinta temporada, además, se anunció con un tráiler espectacular, un tráiler que nos avisaba de un gran final, DEL final de la serie. Si Boardwalk Empire no había podido llegar a ser LA serie de mafiosos, por lo menos sí conseguiría un Gran Final. Y qué mejor que un tráiler de altísima calidad: con un montaje al son de Tranquilize de The Killers con Lou Reed, vemos en una sucesión rapidísima de imágenes de la season finale un simple eslogan: No one goes quietly. Nadie se va con tranquilamente, podría ser una de sus tantas traducciones. Vale la pena señalar el estribillo de la magnífica canción de la banda de indy rock de Las Vegas, cuya letra habla mucho, sin quererlo, de la serie en sí:

I got this feeling that they’re gonna break down the door

I got this feeling that they’re gonna come back for more

See, I was thinking that I lost my mind

But it’s been getting to me all this time

And it don’t stop dragging me down

Silently reflection turns my world to stone

Patiently correction leaves us all alone

And sometimes I’m a travel man

But tonight this engine’s failing…

 

Las relaciones intergeneracionales

Al Capone se hizo cargo de los negocios de su mentor, Johnny Torrio, en 1925 después de que su maestrodimitiera. En la serie, sin embargo, la relación entre Capone y Torrio posee el mismo mínimo común denominador que las de Joe Masseria (Ivo Nandi) con Lucky Luciano  (Vincent Piazza) o las de Jimmy Darmody (estupendísimo Michael Pitt) con Nucky Thompson: en el mundo del crimen organizado, el maestro le enseña al alumno, quienes a la vez son rivales, pues la lealtad está completamente supeditada al interés individual de cada uno. Y cuando hablamos de mafia, las relaciones intergeneracionales conviven bajo una lluvia de balas. Es lo que le sucede a Capone en la cuarta temporada: de repente, y como si no quiere la cosa, le llueve metralla.

Nadie sabe quién ha sido, pero Capone, animal listo y brutal, responde con un intento de asesinato a su maestro. I don’t know es una de las frases que repiten, una y otra vez, los gángsteres. No sé nada. Torrio, zorruno bizco, comprendió enseguida y dejó paso a Capone, quien extendió el negocio, esta vez libre de utilizar su propia visión de las cosas.

Lo mismo sucedió con Salvatore Lucania, quien ha pasado a la historia como Charly Lucky Luciano. Mientras que sus maestros, Joe Masseria por una parte, y Arnold Rothstein por otra, respetaban con primor la diferencia entre “clanes” –italianos, judíos, negros, irlandeses, etc.–, Luciano nunca tuvo problemas en hacer negocios y en tejer duraderas amistades con judíos e irlandeses. La amistad entre éste y los gángsteres judíos Meyer Lansky (en la serie, interpretado por el británico Anatol Yusef) y Benny Siegel (Michael Zegen) se fortalece conforme evoluciona la serie, lo que al final hace que Luciano, líder entre los tres, se quite de encima a su primer mentor, Masseria, utilizando los mismos contubernios y las mismas intrigas que le enseñó Rothstein. Poco después no tardará en quitarse de encima a Salvatore Maranzano, boss de la mafia de NY, para hacerse con el control de un nuevo tipo de mafia ítaloamericana: una comisión de familias, sin capo dei capi y que no contemple prejuicios que impidan hacer negocios. Another day, another dollar, éste es el lema americano, su sueño, su gran dínamo.

Los jóvenes quieren descabalgar a los mayores y los mayores no quieren dejar el trono. La vida es una sucesión de luchas silenciosas entre jóvenes y viejos. Lo vivimos a diario. En el plano político, en el referéndum secesionista escocés ganó el No gracias a que, del 86% de la población que votó, más del 60% de los mayores de 60 años votó por esa opción; y pasaría lo mismo en Cataluña si un referéndum a la anglosajona se llevara a cabo. Lo vemos, en Cataluña también, con el adiós de Jordi Pujol, quien se ha ido sin que la generación más joven de su partido le llore meses después de su adiós. Lo vemos, en España, con las ganas de tener un cambio generacional en todas las instancias del poder: el gran paro juvenil español (54%) es, según la gran mayoría de los jóvenes españoles, culpa de las generaciones mayores o más viejas.

No es una guerra de sangre y sudor e histeria, sino un parecer que es parte de nuestra vida. Incluso los treintañeros desconfían de los que tienen la mitad de edad que ellos: porque los nativos digitales nacen con un iPad debajo del brazo, en un mundo con ideales liberales sin ninguna prevención comunitaria, un mundo occidental ya americanizado. Los millenials contra los que lucharon en el Mayo del 68, icono de una generación Gran Timo para otra. Y en Italia, el país de la gerontocracia, esta lucha silenciosa es quizá la más tradicional de todas. Las relaciones intergeneracionales son las que, a fin de cuentas, mueven la sociedad.

En Boardwalk Empire las relaciones intergeneracionales son uno de los tres principales ejes y su mayor trama es la alimentada, como no podía ser de otra manera, por Nucky Thompson. Cuando quiso comenzar a prosperar, se las tuvo con el Comodoro, pasó por el tubo y creció, hasta que el Comodoro se jubiló, dejándolo como tesorero del condado de Atlantic, con buenas conexiones en el Partido Republicano, el gobierno estatal de Nueva Jersey, el gobierno federal y el gobierno municipal de Atlantic City. En la primera temporada, Nucky es quien decide, pero quien influencia desde su gran mansión a lo Ciudadano Kane es el sempiterno Comodoro, de quien Nucky es un empleado más.

La Volstead Act, la Ley Seca, es el arma liberadora de Nucky Thompson: no deja pasar esta oportunidad y, ante la sorpresa de su mentor, crea algo completamente suyo. La Prohibition convierte a Nucky en rey, cosa que el Comodoro nunca ha deseado. Paralelamente, Nucky es el mentor de Jimmy Darmody, a quien le hace de padre, para poder redimirse de haber corrompido a Gillian. Si la relación entre Nucky y Gillian es de las más tensas y dificultosas para Nucky, la relación que intenta tejer para con Jimmy es su propia redención. Nucky siempre quiso tener un hijo propio con su gran amor de juventud, pero a cambio el diablo le regaló su propio retoño.

La relación entre Jimmy y Nucky tampoco es fácil. Gillian siente un asco profundo, alimentado por un sentimiento de traición y disgusto al ver a Enoch Thompson, hacia el poder establecido del tesorero en Atlantic City. Y estos sentimientos se los traslada a su hijo, quien en la segunda temporada teje una alianza con su padre biológico y con el hermano de Nucky para quitarse de en medio al tesorero. He ahí la batalla entre Nucky, el Comodoro, Jimmy e Eli de la segunda temporada. El viejo que quiere deshacerse del joven, otro joven que quiere deshacerse de otro viejo, y en medio de los dos, el más débil de todos: Eli Thompson, siempre bajo la sombra de su hermano mayor, siempre bajo algún pie, siempre ofuscado, siempre segundón. La segunda temporada termina con una sentencia de muerte. Jimmy le dice a Nucky, como si supiese su fin, que “No se puede ser siempre medio gángster”. Si quieres ser el jefe, sélo. Punto. No hay excusas. No puedes solo pretender ser el gran jefe, porque el poder se ejerce y se enseña. Y ahí Nucky pierde de verdad su clavel, su flor, el único punto de humanidad que le quedaba.

La muerte del mentor y del alumno de Nucky Thompson son las sentencias de y para Nucky. Personalmente pienso que esta trama hubiese podido alargarse alguna temporada más; los guionistas hubiesen podido dejar que Jimmy escalase más peldaños en la red de su maestro, incluso quitándose del medio al molesto Comodoro. Así la serie hubiese tenido más sentido, pues después de su segunda temporada, Boardwalk Empire tuvo que introducir a un villano espectacular. El personaje de Gyp Rosetti (un animal Bobby Cannavale), lugarteniente en Jersey de Joe Masseria, gran capo ítalo de Nueva York, es una excusa para relatar la escalada de violencia a la que tendremos que acostumbrarnos, porque Al Capone irá imponiéndose en todo el norte de los States y en Nueva York Lucky Luciano le disputará la jefatura a sus jefes, como hemos apuntado anteriormente, mientras Nucky Thompson querrá conservar su porción en Nueva Jersey y parte de la Costa Este. Gyp Rosetti es, al mismo tiempo, una herramienta de los guionistas para reinventar la serie.

Y con Gyp Rosetti los guionistas volvieron a equivocarse matándolo al final de su única temporada, cuando hubiesen podido conservar el personaje una temporada más. En la cuarta, desgraciadamente, el soufflé se deshinchó con la entrada en escena del gángster afroamericano Valentin Narcisse (Jeffrey Wright), pedante embustero de buenos modales de Harlem que, en más de una ocasión, hubiese tenido que morir en manos de Chalky White. Los guionistas pecaron de originales… y de ambiciosos. Tal vez la HBO hubiese tenido que pensar la estructura de esta serie como Game of Thrones: 10 episodios por temporada, de unos 50 minutos de media, una temporada por año, emitida durante dos meses y medio.

Tal vez los guionistas no hubiesen tenido que complicar la serie para reinventar algo que no hacía falta reinventar. El espectador quiere originalidad y tradición. El buen guionista es aquél que sabe reinventar originalmente el mismo cuento relatado una y otra vez. Si The Sopranos no supo hilvanar un final acorde con la grandeza de su historia, Boardwalk Empire sí ha conseguido hacerlo. Pero Boardwalk Empireha cometido el mismo error que The Sopranos: la experimentación. Han querido experimentar con la ambición y reinvención desmedidas para con una serie de TV, y ambas han acabado pasándole factura.

La serie ha cosechado fans en todo el mundo. Es lenta, de disfrute tranquilo, cual buen vino, hasta que sufres fuertes destellos de violencia, sobretodo en la tercera temporada, la más brutal, pues sucede cuando la guerra del todos contra todos de los mafiosos se fue recrudeciendo. Vemos como italianos, judíos, rusos, irlandeses, negros, de Chicago, New York, Filadelfia, Atlantic City, se mezclan violenta y amorosamente, estrechando alianzas, perpetrando traiciones y masacres. Aparecen personajes verdaderos y remarcables de la historia estadounidense, en un ejercicio narrativo sin precedentes. Boardwalk Empire, el imperio del paseo marítimo, nos recuerda que Estados Unidos era y es, ayer y hoy, una nación joven, pero que sabía y sabe vender muy bien tanto todos sus vicios como todas sus virtudes. Ojalá pudiésemos crear series de esta envergadura en Europa.

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