La belleza es eterna

«Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Cruz me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme». ¡Nunca he encontrado palabras más sabias que las de Stendhal para explicar la eternidad de la belleza! La muerte, sentada y mirándose fijamente en el espejo cóncavo que era su botella de ron suspiraba rumiando sus recuerdos de muerte. Sus ojos, casi almendrados, esperaban un nuevo cuento. Tele se le acercó, llevaba consigo el gramófono y sin sentarse lo posó encima de la mesa de la muerte, enroscó la maneta y esperó a que del trompetón brotaran las primeras palabras. La muerte bebió más ron añejo y le sonrió.

Teléfilo Aureliano Magalhaes, Tele, el vendedor de gramófonos, portugués de nacimiento pero ciudadano estadounidense a todos los efectos, era un ser bajito, con bigotito de Años Veinte. Gustaba vestir como un vendedor cualquiera de ropa de armario apolillado: chaqueta y pantalones marrones, camisa blanca casi gris, pajarita rojo casi anaranjada; tenía el cabello engominado y dientes perfectamente dispuestos. Era una persona sonriente, el Hombre Triste más simpático del Rebaño. Muchos años más tarde, frente a la burla de la eternidad, nosotros habíamos de recordar aquella tarde remota en la que Tele murió en extrañas circunstancias.

Como si la belleza se hubiese apoderado de él, su alma desapareció sin más, como si se evaporase, un humo invisible de incienso saliese de todos sus agujeros corporales e impregnase la taberna con un olor oriental o de desierto de rosas. Murió en extrañas circunstancias porque la muerte jamás lo tocó, nunca le mostró antipatía alguna, es más quizá incluso fuese su preferido porque cuando nos dimos cuenta de su paso al Más Allá, la muerte se sorprendió tanto que llegó a enfadarse con sus anfitriones.

Hay sorpresas tan descabelladas que confunden la sorpresa con la ira, pues lo no conocido es uno de los pocos misterios que el humano sigue sin vislumbrar, ni en instinto ni en razón. Aquella tarde en la que Tele deleitó a la muerte con su gramófono sería el penúltimo atardecer del gramofonista lusoamericano, veinticuatro horas después moriría en extrañas circunstancias. Muchos años más tarde, valga la redundancia hecha homenaje al periodista convertido en novelista de la realidad hecha magia, nosotros habíamos de recordar los momentos felices de la muerte, musa de la burla, ninfa de la eternidad, con su amigo gramofonista. Si Manita era para la muerte el mejor de los filósofos de las ciencias, Teléfilo era el filósofo de la vida por antonomasia.

Mientras el Hijo sonreía en brazos de la de la Esquina y Moro tocaba un flamenco con motas de pena con su guitarra, Tele conseguía que la máquina que cantaba con gárgaras hiciese que la muerte recordase aquella vez en la que tuvo que acompañar al mejor crítico de la belleza que la Tierra haya parido jamás. «Su nombre no importa, más bien sus modales, de suma educación y presteza, templanza y talante.

No puedo decir que me enamorase de él porque la muerte tiene prohibidos el amor y el ardor de corazón. No puedo siquiera afirmar que sintiera el más íntimo gusto por él porque a la muerte no se le concede el privilegio de la sensibilidad. Era un mago, un fauno sin esa mitad de cabra, su voz una metáfora de la tranquilidad, consigo llevaba una chaqueta de azahares, una camisa de punto blanco y una corbata verde como los prados de la Europa Central.

Sus iris resplandecían lluvia y nieve, era un modelo de carisma sin par. Me explicó que lo mataron en una redada, tenía que vender algunas botellas de bebida prohibida. ¿Sabe, Tele? Me recuerda a aquel ser tan excepcional. Me explicó que él había conocido la muerte antes de que le acompañase a que pasase por siempre jamás a las orillas del río de Caronte.

Envueltos de la niebla que separa este mundo con el mío, me comentó que había sido un portador de mí para con otros seres, seguramente mucho menos áureos que el ser excepcional. El amor es belleza y la belleza arde en las entrañas, pero no puedo sentir tales leyes de la naturaleza.

El oficio de muerte no tiene comienzo ni fin, está ahí, cual dimensión cuarta, sin rumbo aunque con sus normas. Estuve a punto de abrazarlo, de besarlo, de pedirle que me salvase. La vida es belleza y la belleza es eterna, me dijo. Tú también vives, me dijo. ¡La muerte no puede vivir, es muerte! Es el otro lado de la ecuación, tengo que reconocerme a mí misma antes que otros males se apoderen de la Tierra.

El ser excepcional sonreía tanto como usted, Tele, era tan simpático como usted, Teléfilo, pero no se me ofenda si le digo que era un espécimen bello, mucho más bello que ustedes. No se apuren, he terminado mi discurso, ahora ya saben uno más de mis argumentos y espero que me comprendan cuando les diga que solo yo puedo conocerme».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *