BEET. Capítulo Séptimo

Mientras Paula Botella está llorando como una manguera, Sofía ha empezado a pensar qué hacer con su hija y si decírselo o no a su marido. Ella está cortando la hierba en el jardín. Llega Fernando y sube a su habitación, cansado. Se estira en la cama y se quita los zapatos. Los mira. <<Son los mismos que los del Petas y los del Guille…>> piensa. Se levanta haciendo un suspiro y se mira al espejo. <<Tengo los cabellos demasiao largos…>> piensa.

Va al lavabo. Coge la máquina de afeitar del padre que también sirve para cortar el pelo y se corta una greña. Y luego otra. Pasa la maquinilla por todo el coco. Decide cortarse el pelo, ya que se ha cansado del que llevaba antes. Las palabras de la gente que conoce el Petas y ahora él también han sucumbido su persona interiormente.

Barre el suelo del baño y vuelve a su habitación. Entra y coge los trescientos euros que su abuela le dio por Reyes. Sale de casa sin coger la moto; coge el autobús y llega a una céntrica calle de Barcelona.

En el barrio del Asesino un coche monovolumen aparca delante de casa Botella. Mario baja de ese coche. Lo aparca. Acaba de vender su mercedes y se ha tenido que comprar un monovolumen de tercera mano. Es un Ford Ka amarillo canario. Por lo menos no se nota que sea de tercera mano. Lleva la corbata desabrochada. Ha estado con Selena después de trabajar.

Son las ocho y media de la tarde, pero aún es de día: el sol se está acostando. Mario entra en su propiedad y mira bien la casa, como si fuera la última vez que la viera. El número treinta y tres de la avenida de Judas está allí, inmóvil y desafiante. Las ventanas parecen inmensos ojos que se ríen de él y los balcones intentan articular algunas palabras. <<Eres tonto, Mario>> le dice la puerta de entrada con la misma voz que su suegra. No, no puede ser lo que pasa. ¿La vida se le viene abajo? Mario ¡resiste! Debes resistir, Mario. El abismo está cerca y la casa del techo azul marino tanto querida para él le está saludando. La mira un rato, vacilando entre sí o no debe entrar en ella. Le han pasado unas cuantas cosas desagradables en el trabajo.

Cuando entra, por que al final ha decidido entrar (al fin y al cabo esa es su casa), ve que está como siempre –según él–: rutinaria y aburrida. Se quita la corbata y los zapatos. Ve que fuera está su mujer. No va ni a saludarla, ya que cree que ella aún está enfadada con él (enfado que a él le importan tres pitos…). Pero en realidad pasan otras cosas por el pequeño y retorcido cerebro de Sofía.

Mario enciende la televisión. Pone las noticias de Telecinco y ve que se ha hecho otra manifestación en contra de la guerra. <<Pero si la guerra ya ha acabao…>> piensa mientras mira la tele. Apoya los pies en la mesita de salón y apoya la cabeza en el respaldo del sofá. Unos minutitos más tarde se queda dormido.

Sofía sale del jardín y se entera que Mario está durmiendo en el sofá, roncando y babeando la textura. Lo mira con cara de asco, pero no le dice nada. No está enfadada, pero sí furiosa con su hija. Espera el mejor momento para decírselo a su marido.

Una hora más tarde llega Fernando con unas cuantas bolsas en la mano. Sube a su habitación sin decir nada a nadie. Pasa por el cuarto de su hermana –que aún llora–, pero no le hace ni puro caso. Entra en su habitación y deja las bolsas encima de la cama. Abre el armario con un movimiento brusco y mira su ropa. Antes la admiraba, admirándose así a él mismo. Pero ahora no la mira como antes.

En su cara se nota una expresión de nostalgia por el respeto que mucha gente le tenía –según él–, pero que ahora se ha esfumado. Mira toda la ropa colgada: firmada absolutamente toda. Abre un cajón y mira sus calzoncillos, todos pijos; sus calcetines, todos de marca, sus cinturones, todos pijos; sus bufandas, ni una “normal”. Etcétera.

Cierra el armario y quita algunos ropajes de las bolsas. Se ha gastado todos los euros que antes cogió. Se quita la camiseta y la otra interior y se pone una normal y encima una camisa con la calcomanía del Che Guevara. <<No está tan mal…>> piensa. Se quita los pantalones, calzoncillos y calcetines de marca y se pone otros “normales”. Finalmente se pone unas bambas de una marca que no se conoce en su colegio y se mira al espejo. Con una sonrisa piensa que ahora podrá ser del grupo del Petas y que será aún más importante de lo que es. Pero en realidad no será así.

De pronto recibe un mensaje por el móvil. Es del Petas. Lee: “ven a mi ksa a las 11 con l moto si no t djan ts padrs scapat” (“Ven a mi casa con moto a las 11 de la noche; si no te dejan tus padres, escápate”). <<Hoy es la prueba…>> piensa. Efectivamente, hoy es la prueba. Pero él no puede esperar. Lo llama y le confirma que sale en ese preciso momento de casa.

Fernando baja las escaleras. Coge el casco y sube en la moto, y abandona el barrio del Asesino. Fernando llega al exterior del edificio donde vive el Petas. Éste último está afuera, con su moto. Juntos se van donde antes han ido, en el edificio de la pancarta <<Okupasió forsada!>>.

Llegan, aparcan las motos delante y entran. Los chicos que hacían de porteros aún están allí. Al ver el cambio de look de Fernando, el que antes se había burlado de él le saluda amablemente. Ahora allí nadie podrá molestarle.

Se sientan junto a los otros chicos en círculo y un ratito más tarde llegan Sol y Roko, que se sientan uno cerca del otro. Roko se enciende un porro, que por el olor es diferente al que se había fumado antes, y levanta la mirada hacia el Petas y Fernando. Con voz cansada les comenta:

–Hola Jóse… Bueno, vamoh a ver… Tú te llamah Fernando, ¿no? Pueh lo que tieneh que hasé é lo siguiente…– echa humo por la boca y la nariz y le explica: –etta é una organisasión mu importante, y aquí nadie se hase cargo de la hente, ¿vale? Así que no debes meterte en líoh porque sino nadie te sacará, ¿vale…? Bueno, lo que tieneh que hasé pa’ entrá en etta organisasión (je, je, je…) é entregá ese paquetillo que t’he dáo etta mañana y entregarselo a una persona…– Echa humo, fuma un poco y continúa: –Pa’ etta prueba puede elehí a doh otrah personah que te acompañen… Esa cosa é mu importante y si alguien te ve l’hah cagáo… Donde iráh é un sitio mu peligroso: tieneh que podé pasá los ladroneh, los pihoh y loh maderoh… ¿’Tá claro…?

Fernando asiente con la cabeza. Se levanta y dice que elige al Petas y a Sol para que le acompañen. Se pone las manos en el bolsillo y se confirma a él mismo que tiene el paquetillo.

Fernando, José Antonio y el chico que dijo llamarse Sol salen del edificio. Ya es de noche. Son las once. Fernando llama a casa y dice a su madre que se queda con el Petas. Sol sube a la moto de José Antonio y arrancan. Bajan calle abajo. Se dirigen a la Mina.

 –Dice el niño que se queda a dormir a casa de los Bandeja–

–Ah, vale…

Mario se levanta del sofá y sube a su habitación. Sofía acaba de cocinar la cena y pone la mesa. Esa noche serán tres, así que cenarán en la cocina. Del piso de arriba baja Paula vestida con camisón y con el pelo revuelto y cara entristecida. Después baja Mario con bata y pijama y se sienta en la mesa. Se enciende un cigarro y se pone vino en el vaso.

Sofía pone sopa a su marido e hija. Ella se ha hecho una ensalada. De segundo hay carne. No se dice gran cosa. Hasta que Paula deja un sollozo apagado y Sofía levanta la cabeza rápidamente y enfadada:

–¡Cállate, burra!– le grita. –Estoy harta de esta escena. Mario, ¿sabes lo qué pasa? ¿Eh, lo sabes?

Su marido levanta la cabeza lentamente y dice no con la cabeza. Sofía le explica que su hija está embarazada y que el banco la ha llamado para informarle que deberán abandonar la casa si no pagan los seis meses que deben de hipoteca. Mario no deja de masticar. Sofía calla y vuelve a comer. Se ha desahogado a gusto.

Mario, entonces, cambia de expresión. Se levanta brusca y rápidamente y empieza a gritar, moviéndose por allí y por allá en la cocina:

–¡Jodeeeeeeer! ¡Me cago’n vuestros muertos! ¿¡Pero estás loca, o qué, Paula, estás loca o qué?! ¡Tú no piensas! ¡Tú no piensaaaaas! ¡Estamos en números rojos en esta puta casa! ¡En numeros ro-jooos! ¡Rojoooos! ¡Rojos como los estúpidos labios de tu madre, niña! ¡Estúpidos como tu madre misma!– Sofía levanta la mirada con asombro a Mario.

Su marido continúa:

–¡Estoy hasta los cojones, joder! ¡Hasta los cojones! ¿¡Sabéis lo qué ha pasado hoy en el trabajo?! ¡Pues me han echao! ¡Me han echado! ¡A mí y a otros, nos han echado! ¡Y Selena me ha dejado! ¡Me ha dejado! ¡Y ahora vas tú y te quedas embarazada! ¡No se si llamarte p-p.. o no!

–¡Mario!

–¡No te pases papaá!

–¿¡Que no me pase?! ¿¡Que no me pase?! ¿¡Pero tú eres tonta o qué te pasa, niña?! ¡No gano pa’ disgustos o qué! ¡Esto no es justo! ¿¡Me oís?! ¡No es justo!

–Siempre puedo abortar…– dice Paula con lágrimas en los ojos. Pero Mario responde:

–¿¡Abortar?! ¿¡Que quieres abortar?! ¡Y una mierda abortarás! ¡No tenemos un puto duro! ¿¡Quién quieres que te lo pague?!

–Mi madre– dice Sofía. Mario entonces la mira fijamente con odio. Se acuerda de su suegra y se va al piso de arriba muy enfadado. Sofía entonces mira con curiosidad a su hija Paula y se va corriendo hacia el piso de arriba gritando:

–¡Mario! ¿Cómo que te han echao a ti y a otros?

Paula se queda en la cocina, llorando. Recibe un mensaje de móvil de François, pero no lo lee y se va a su habitación a llorar.

Mario se ha estirado en la cama con la barriga hacia arriba. Sofía le va pidiendo explicaciones. Son las doce de la noche, y en casa Botella se vive una escena de culebrón. Mario, cansado de oír a su mujer, le contesta:

–A ver si ahora me entiendes: cuando yo te decía que no te gastaras el dinero en burradas era porque yo lo necesitaba. Lo necesitaba pa’ pagar unas cuantas deudas que pedí a la empresa. En principio las “pagué”, pero no con mi dinero, sino con el dinero de la misma empresa.

–O sea que en realidad aún debes eso, ¿no?

–Exacto… ¿Pero sabes cuál es el problema? Eres tú el problema. Tú y nuestros hijos. Os habéis ido gastando todo lo que tenía yo pa’ pagar eso. ¡Y ahora me dices que nos echan de casa! ¡Y que la niña está embarazada!

–Así que todo era una mentira, ¿no? También esta casa y los coches. Ya me extrañaba a mí que hubieras vuelto con ese coche feísimo. ¿Qué has hecho con el mercedes?

–Lo he vendido.

–¿¡Pero tú eres tonto?!

–También he vendido la casa del golf de la Cerdaña.

–¡Pero podías decírmelo, ¿no?!

–¿Por qué te pones así? Total, ya no tenemos deudas… Bueno, solo alguna que otra.

–Además de pagar los plazos de la tele, el DVD, parte de los muebles…

–¿¡Todo eso aún?! ¡Pues lo venderemos todo!

–¿Y quedarnos nosotros sin nada?

–Iremos a casa de tu prima.

–Te estás burlando de mí, ¿no? Mario… ¿A que te burlas de mí…?

–No.

Silencio. El matrimonio se mira a los ojos fijamente. Sofía se gira y se mira al espejo. Desde el pasillo se oyen los sollozos de Paula.

Silencio. Mario se tumba en la cama y cierra la luz de su mesita de noche. Sofía entra en el baño y se cierra. Después sale sin maquillar con unos cuantos rulos en la cabeza. Se tumba y cierra la luz de su mesita de noche. Mario y Sofía, el matrimonio Botella, ya han tenido bastante. Pero aún pasarán más cosas.

–¡Alto, policía!

–¡Mierda!– El Petas levanta las manos, así como Sol y Fernando. Las luces de dos coches policía molestan los ojos de los chicos. Tres policías se tiran uno para cada chico y los esposan. Fernando no entiende qué está pasando. Nota que Sol está muy tranquilo y que el Petas también, pero no tanto como Sol.

En la comisaría les hacen muchas preguntas. Primero es interrogado Sol, luego José Antonio Bandeja. Cuando éste vuelve al calabozo, advierte fríamente a Fernando:

–Responde solo cuando te pidan nombre y apellidos y otras cosas privadas, pero si te preguntan algo sobre la organización de Roko tú responde cosas tipo “No” y “No sé nada”. ¿Entendido?

Fernando asiente con la cabeza. Un policía con bigote abre la puerta del calabozo y con un ademán invita a Fernando que le siga. Éste hace lo que le dice la autoridad. Se sienta en una silla. Delante de él está el policía sentado delante de una mesa escritorio. Coge unos papeles de un cajón y le pregunta:

–Nombre.

–Fernando.

–Apellidos.

–Botella y Corchos.

El policía levanta la cabeza y deja el bolígrafo. Mira atentamente a Fernando y le pregunta qué hacía con esa gente y, sobre todo, con esas cosas.

Fernando no responde, solamente dice que no sabe nada. Se inventa que se creía que iba a casa de un amigo de sus amigos y nada más.

El policía se levanta y le dice que ya puede ir al calabozo con sus amigos. Fernando entra y ve que Sol se está fumando un cigarro. El Petas está haciendo lo mismo y Fernando no tarda en copiarlos. Sol está aparentemente tranquilo. El Petas se estira en una mesa baja y larga cerca de la pared y mira afuera. Fernando se sienta en el suelo y se coge las piernas. Es una situación embarazosa y bastante peligrosa.

–Vamos, os han pagao la fianza…

El  Petas y Sol se levantan de donde están. Fernando ve que se van y él también se levanta. Salen José Antonio y Sol, pero cuando Fernando va a salir el policía le pone el brazo en el pecho:

–¿Adónde vas, chaval? Tú no te mueves de aquí… A ti no t’han pagao la fianza…

<<Mierda… No es posible…>> piensa Fernando Botella cuando es rempujado en el calabozo. Sol ni siquiera se gira. <<A nadie le importo…>> piensa otra vez Fernando. Pero el Petas se gira y, con voz muy baja, le dice:

–No te preocupes, Fredy, ya vendrá Roko a hablar contigo.– Y se va. Fernando está solo en el calabozo. En un espejo medio roto y sucio se mira. <<¿Cómo he podío meterme en esto…?>> piensa. Son las tres de la madrugada.

Una media hora más tarde llega un policía. Abre la puerta y le advierte que hay una persona que quiere verle. Que puede elegir hablar con esa persona sí o no. Fernando no responde. Solo se levanta y sale del calabozo. Es un buen rato que no tiene las manos esposadas, pero no puede huir corriendo porque lo cogerían enseguida.

Llega a la misma mesa donde le habían preguntado nombre y apellidos. Allí está el policía de antes. Pero se levanta y deja que se siente… Roko.

Roko, el jefe del grupo de porreros en persona, ha venido a hablar con él, quizá para sacarle de ese lío. Ésta vez tiene la cara preocupada. Lleva un gorro de esquí y una chaqueta verde. Una bufanda de cuadrados escoceses le envuelve el cuello. <<Que tío más raro… Viste fatal…>> piensa Fernando. Pero no dice nada. Ve que Roko se enciende un cigarro y se lo va fumando. Cuando el cigarro está casi por terminarse:

–¿Tieneh miedo, chaval…? ¿A que sí..? Bueno, mehó que na’, ¿no creeh? La organisasión ha pagao la fiansa al Jóse y al Sol… Pero a ti no…

–¿¡Por qué no?! –pregunta Fernando poniendo la voz en grito.

–Pueh, po’que aun no eres de la organisasión… Y si uno no é de la organisasión, la organisasión no le paga la fiansa cuando ette tiene problemah… ¿M’ha entendío… no? Bueno, no te preocupeh, ahora yo te sacaré d’aquí. D’aquí unas treh semanah te sacaré d’aquí…

–¡Pero si esto es mucho!

–Ni mucho ni ottiah, chaval… Si no, que te saquen tus papis.– Se levanta y va murmurando <<Piho de mierda…>> mirándolo muy mal. Le dice al policía que ya está y Fernando se vuelve al calabozo.

–¿¡Que qué?!– La voz de Sofía resuena por toda la casa y despierta a Mario. –¿¡Que mi hijo está en una comisaría?! ¡Pero si es imposible!

–¿Qué coño pasa…?– pregunta Mario, que acaba de despertarse.

–Mamá, ¿qué pasa? ¿Ha llamao Franç…? –se oye la voz de Paula desde otra habitación.

–Mario, ¡vístete! Tú, niña, ¡quédate y cállate, joder! Mario, ¡nos vamos a la comisaría de Sant Martí!

–¿De dónde…?– pregunta Mario aún medio dormido.

–Del distrito de Sant Martí, ¡joder! De allí cerca del Poblenou…

Mario le pregunta el por qué, y Sofía le responde. Después de ser respondido, Mario se despierta enseguida. Se viste rápidamente y sale de la casa con su mujer. Son las cinco de la madrugada y a toda prisa el Ford Ka de tercera mano, que se ha comprado Mario después de haberle echado de la empresa, baja por la avenida Judas y luego por esa de Foix a toda prisa. En cinco minutos bajan toda la Diagonal y llegan a la comisaría del barrio. Entran y quieren ver a su hijo. Un policía va a buscar a Fernando y cuando el niño ve que están sus padres rabiosos intenta escapar. Pero el policía se lo impide.

Sofía lo escruta con cara de asco. La última vez que lo vio iba de pijo. Ahora parece un hippie comunistoide. Le toca el pelo y nota que se lo ha cortado él mismo por lo mal que está arreglado.

–¿¡Pero que t’han hecho?!– pregunta Sofía enfadadísima.

–¡Ahora te quedarás aquí a dormir una buena temporada, macho!– le grita el padre.

Un rato más tarde Mario y Sofía salen de la comisaría. Deciden pagarle la fianza. Se han gastado mucho dinero en el niño. Fernando es castigado duramente: toda su ropa la venderán a una ONG para los niños de Irak. Todos los ordenadores de la casa deberán ser vendidos para tapar los agujeros de deudas.

¿Es casi el fin de los Botella del Tibidabo

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