Beet. Capítulo Cuarto

Es viernes santo. Los Botella están, todos cuatro, dentro del Gran Cherokee que los lleva al pueblo de la montaña. Son las diez de la mañana. Aun no han desayunado, ya que tienen previsto pararse a una gasolinera hacia las once.

Pasado el túnel de Vallvidrera y pasada la comarca del Vallès Oriental, se paran a una gasolinera Petrobar, de construcción nueva. Sofía baja del coche enseguida, con el móvil encendido; Fernando baja también del coche, con el móvil encendido; Paula baja del coche la penúltima, hablando por el móvil. Mario, con cara de rutina inacabada, baja del coche y pone gasolina. Después lo aparca y cuando entra en el bar de la gasolinera, su familia ya ha desayunado. Sofía, con un ademán, le ordena de subir al coche.

Él, sin hacerle caso, entra en el bar y compra un bollo y un vaso de chocolate caliente. Cuando entra en el coche, la textura de su asiento se mancha de chocolate, y Mario deja un “¡Mierda…!” rutinario, lacónico, resignado. Enciende el 4×4 y vuelve a emprender el camino hacia el pueblo-golf. El coche atraviesa dos comarcas catalanas. Llegan al Túnel del Cadí y lo atraviesan. Han tenido suerte, ya que no han encontrado caravana (y eso que siempre la encuentran).

Sofía, Fernando y Paula no han dejado el móvil en todo el viaje, y ahora deben cargarlo… El coche llega al “pueblo” –si es que se puede decir así–: Golf Resort Cerdanya. Al llegar se dirigen a su pequeño chalet que se compraron hace dos años –también hipotecado–. Mario aparca el 4×4 y se va a saludar a la gente del pueblo (trabajadores del golf). Fernando sube su maleta y la deja en su habitación. Lo mismo hacen Sofía y Paula con sus respectivas maletas. Sofía, después, se dirige con su hija al centro de estética del golf.

Pasaron cuatro días en el golf de la Cerdaña. Fueron a la procesión de Puigcerdà, capital de la comarca, y quedaron con unos amigos en Lles para hacer esquí nórdico. De vuelta a casa toparon con una caravana que les hizo esperar en el coche unas cinco horas en la C-16, carretera que está siempre en obras. Sofía, Fernando y Paula se quedaron dormidos, pero Mario tuvo que aguantarse: no tenía nada para leer o para escribir.

Llegados a casa –eran las diez de la noche del lunes de Pascua– la primera cosa que tuvieron que aguantar fue una llamada de la abuela Chus. El día siguiente vendría a cenar a casa con su nuevo amigo.

Se han presentado la abuela Chus y su amigo Roberto en casa de Mario Botella y su familia. La abuela Chus es una mujer con el pelo entre rubio y gris, de corte arreglado y corto; aparenta unos sesenta años de edad; es la suegra de Mario; fuma como una locomotora del salvaje oeste, por lo tanto tiene una voz muy ronca; esa noche lleva una blusa color oro y unos pantalones blancos; lleva lentillas para los ojos. Roberto Álvarez es un hombre que conoció en el club de gimnasia Laietà.

Es un hombre con bigote y peluca plateados. Lleva un rólex de un metal parecido al oro y una cazadora negra para aparentar ser un hombre de por lo menos cincuenta años, pero es más viejo que la iaia Chus. Se sientan en la mesa del comedor. Es una mesa larga, de madera de alta calidad –según Sofía–, con una cubertería comprada en un teletienda del vigésimo quinto canal. Roberto y la iaia Chus se han sentado uno junto al otro, en un extremo de la mesa. La cena fue así de divertida.

 –Tú, burro, dáme la sal– empieza la abuela en un primer momento ordenándole, con un puro en la mano, la sal a Mario. Él se la pasa sin rechistar, pero esboza una cara de odio inconfundible.

 –Iaia, ¿me comprarás un tubo de escape nuevo pa’ mi moto? Por favor, iaia…– pregunta Fernando a su iaia. Ella contesta simpáticamente:

 –¿Que no te lo ha comprao tu padre? Claro, como es un quiero-y-no-puedo… No te preocupes, amor, la iaia te lo traerá mañana por la tarde.

Fernando se levanta de su sitio y va a darle un beso a la iaia Chus. Ella se lo devuelve con una sonrisa de amor (típica de abuela). Mario no ha dicho nada durante un buen rato. Ni Roberto habla mucho. Fernando va haciendo la pelota a su abuela por si acaso pasa algo algún día y necesita alguna cosa. Paula se incorpora a veces con la conversa que tienen Sofía y Chus, hasta que saluda a todos: ha quedado con François para ir a la discoteca.

 Para postre toca helado de chocolate. Sofía sirve una bola a Roberto y una bola también a su madre. Fernando quiere tomar un yogur. Mario quiere comer cuatro bolas de helado de chocolate.

 A la segunda bola de Mario, Chus se está fumando su cuarto puro de la noche. Roberto está casi dormido de tantos güisquis que se ha tomado y Fernando ya se ha ido a su habitación. Y la iaia Chus no ha parado en toda la tarde de mostrarse antipática con Mario, que ya no quiere aguantar más las críticas de su suegra y se levanta de su silla con un movimiento brusco, cosa que hace tambalear la mesa y parte de su helado derretido le mancha su camiseta blanca:

 –¡Mierda! ¡Otra vez no! ¡Me cago’n la madre que me parió! ¡Joder…! ¡Siempre con el chocolate!–.

La abuela Chus deja una fuerte carcajada, con otro puro recién encendido en la mano derecha. Se está riendo de Mario. Pero de repente su cara cambia y se vuelve roja como un pétalo de rosa. Sus ojos se salen de las órbitas y sus pupilas se dirigen hacia arriba, hacia el techo. Sofía se la mira extrañada, ya que quizás cree que es un numerito de su madre. Roberto ríe sin parar y deja unas frases como <<Sh’está matangdo… sh’está mugiendo…>>, a las cuales nadie le da la mínima importancia.

A los dos minutos del principio de la puesta en escena de la iaia Chus, Mario se fija bien en ella y dice indiferentemente a Sofía:

 –Sofía, tonta, tu madre s’está ahogando…

 –¡Ostia sí! ¡Ayúdala a vivir hombre!

 –Sí, hombre, ¿y qué más? Que la ayude otro… ¿Qué no has visto que no ha parao de criticarme?

–Decídete, Mario: ¡o mi madre o el divorcio!

–Mujer, el divorcio… ¡Je, je..!.– Y se dirige al salón con una pequeña sonrisa en la boca. Sofía empieza a gritar, intentando que alguien la ayude a revitalizar a su madre. Fernando baja y se asusta al ver el panorama; se queda hecho y derecho delante de su abuela, muy asustado y casi lloriqueando. Roberto no para de reírse: su peluca se ha caído en el suelo y está totalmente sudado además de rojo por la borrachera. Pero, como si fuera un milagro, entre carcajadas Roberto le da unas palmadas muy fuertes a la iaia Chus en la espalda. La suegra de Mario reemprende el respiro y su cara empieza a recobrar el color a maquillaje que se podía contemplar antes de ese numerito. Entonces Mario vuelve al comedor y murmura con fastidio:

–Joder, podía morirse ¿no?… –Pero no fue así.

 Chus recobra por fin el aliento. Le da una colleja a Roberto para que se calle y enciende otro puro. Se lo pone en la boca y dice:

–Mira, hija mía: si no dejas pronto a este carcamal yo te juro… te juro… ¡que no vuelvo nunca más a esta casa! ¿¡Me has oído?!

Dicho eso se levanta. Se pone el abrigo y ordena a su amigo Roberto que se levante. Este no hace tal cosa, ya que está demasiado ocupado en roncar dormido encima de la mesa del comedor, y ella sale del número treinta y tres de la avenida de Judas..

Afuera la iaia Chus arranca y se va. La iaia Chus abandona el barrio del Asesino. Sofía y Fernando le echan una mirada de odio a Mario, pero éste último no les hace demasiado caso. Mario recoge sus platos y luego se dirige al salón a leer un poco. Pero aún le tienen que pasar muchas más cosas esa noche.

¡Cómo le gustaría a Mario poder vivir en paz! Mas las cosas no son así. No, señor. Desgraciadamente tenemos que vivir en una época marcada por las ordenes de ese gigante, ese imperio que está al otro lado del charco, acaudillado por un tonto del socavón. Jorge, que es como lo llamaría yo, debería ir con cuidado. Puesto que sin querer está creando otra orden mundial. No hay más que fijarse en los Botella de Tibidabo.

 Fijémonos en ellos, pobrecitos. Ellos no tienen la culpa de ser tan ambiciosos, incultos, desagradables, orgullosos, anhelantes. Ellos, pobrecitos, deben aguantar las continuas propagandas engañosas.

Y es que la globalización mundial es así. Del otro lado del charco nos salen raperos negros y blancos, películas buenísimas o muy malas, gente de todas las formas. Pobrecitos. El principio de milenio ha empezado muy mal, bastante mal. Y los Botella no tienen la culpa de nada ¿eh? A ver si nos entendemos. No es que os quiera llenar la cabeza de estupideces, mas es veredicto de la humanidad autocriticarse. Ahora no lo haré, no viene al caso. Señores, miren a los Botella del Tibidabo. Ellos no saben aún autocriticarse. Y miren qué les pasa por ello.

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