Beet. Capítulo Tercero

Ha pasado el domingo de ramos de uno de los primeros años del siglo XXI. Son las ocho de la mañana. Anamari, la filipina que los Botella tienen como mujer de los labores de la casa, hace una hora que ha llegado y está preparando el desayuno. La primera en levantarse es Sofía, que va al baño –con el mismo camisón del día anterior– y luego a la cocina a beberse el café capuchino preparado por Anamari. Baja Mario, bien peinadito, y se sienta cerca de su mujer. Saluda a Anamari y bebe el café. Agarra El Mundo y lo lee, empezando por internacional. Bajan Paula y Fernando vestidos.

Él lleva la misma ropa que el día anterior. Ella no. Se sientan y desayunan. No se habla mucho por las mañanas, solo cuando Anamari empieza una conversación con Sofía. Mario se levanta y va al baño. Se lava los dientes y sale. Fernando hace lo mismo en el baño de arriba. Paula va a su habitación para hacer una llamada.

Mario saluda a su mujer, Sofía, con un rutinario “Hasta luego” y sale de la casa sin recibir el saludo de ella. Coge su moto y se va a trabajar. Fernando coge su casco; baja; saluda a su madre, criada y hermana; sale; coge su moto –regalo de la abuela– y se va al colegio. Paula baja del piso de arriba. Saluda a madre y criada; coge su moto y se va a la academia de modelos.

En la cocina quedan solas Anamari y Sofía. La señora, que es como la suele llamar la criada, está leyendo el Sorpresa de la semana. Es semana santa, pero Fernando va a clase de fútbol. La academia de modelos en la cual va Paula solo cierra los festivos y los sábados. Y Mario aún trabaja. Para las vacaciones de semana santa se irán a la casa adosada que tienen en un pueblo de la Cerdaña catalana.

Anamari, cuando acaba de fregar los platos del desayuno, se gira y se sienta delante de Sofía. La señora levanta un poco los ojos, pero no deja de leer la revista. La filipina, una chica morena con cabello negro y ojos achinados resaltones, después de un ratito mirando a su señora, con cierta irritación le suelta:

 –Señora, son ya siete meses que no me pagan.

 –¿Y…?– responde Sofía sin dejar de mirar la revista –¿Qué quieres que haga?

 –Pagarme, señora. ¡Pagarme! Vivo de mi hermano que está en Madrid, ¿sabe? Y no puedo con mi madre. Está enferma, ¿sabe?–

Sofía deja de leer el Sorpresa. Levanta la vista y con tono tranquilo y simpático le comenta a su criada:

 –Mujer, hoy te pagamos. No te preocupes. Estás en tu casa. Si algún día quieres quedarte a dormir, puedes. Y tu madre también.

 –Gracias, señora Sofía. Pero no. Ustedes se han portado muy bien conmigo y con mi madre. Pero ahora tenemos una casa, y queremos vivir en ella. Si hoy no me pagan me iré y buscaré otra casa que limpiar–.

Anamari se levanta y se dirige al piso de arriba para hacer las habitaciones. Sofía ya se ha olvidado del tema y al rato también sube al piso de arriba, después de su criada, para vestirse.

Se pone ropa de tenis. Coge su raqueta y saluda a la pobre Anamari. Se pone el casco y coge su moto. Baja toda la avenida Foix, pasa por la calle Bosch i Gimpera y aparca la moto delante del Real Club de Tenis de Barcelona. En la puerta la espera un chico alto con una gran melena rubia recogida en una cola de caballo. Él es Paul, su monitor de tenis, su esteticién, su amante.

Una moto llega delante de un edificio de la Diagonal barcelonesa. Mario acaba de llegar a la empresa en la que trabaja. Es un pequeño empresario de una empresa de seguros cuya sede está en la Diagonal. Aparca la moto en el parking de la empresa y sube a la sexta planta. Saluda a sus compañeros de trabajo y hace la pelota un rato a su jefe. Cuando entra en su despacho está Selena, su secretaria. Ésta es una chica alta y rubia, con ojos verdes. Se hinchó el pecho unos meses antes, y está muy orgullosa de ello. Está locamente “enamorada” de Mario. Este le entrega un paquetillo. Ella, con cara de asombro, lo desenvuelve y abre la caja. Es una pulsera de plata. Ella lo mira con cara de tigresa en celo y se tira encima de él.

Selena es la amante de Mario. Mario Botella, por si nadie ha descrito aún cómo es, es un hombre alto, con barriga y pecho resaltones. Tiene poco cabello, teñido de su color natural: castaño. Fernando, su hijo, es igual a Mario cuando éste era pequeño. Lleva la típica ropa de trabajo: camisa blanca, corbata roja, chaqueta y pantalones grises casi negros, zapatos italianos y una estilográfica en el bolsillo izquierdo de su camisa para parecer culto e importante, mas no es ninguna de las dos cosas.

Mario se sienta en su sillón personal detrás de su mesa escritorio. Hace un par de llamadas. Escribe durante una hora por ordenador. De vez en cuando habla con Selena. Sale y entra del despacho cada vez que su jefe quiere algo de él. Etcétera. Son tareas rutinarias de Mario.

Fernando acaba el partido de entreno con su equipo. Es delantero del equipo del colegio. El portero de su equipo es el Petas. Sudado, se quita la camiseta y la deja en la cesta que está en el campo. Junto a sus compañeros se dirige a los vestuarios para ducharse. Él elige una ducha para una sola persona. Cuando acaba se seca y comenta algo con sus amigos.

El tema es el de siempre: ligar o no ligar, esa es la cuestión. Están en el campo de fútbol del colegio San Bernardo de Cerezas, cerca de la ronda de Dalt y en el principio de la avenida Judas. Junto al Petas, sale del colegio y se dirigen con la moto de Fernando a casa Botella, el número treinta y tres de la larguísima avenida de Judas. Tienen pensado ir juntos a casa de Guillermo después de comer.

Paula no hace nada importante. Es una chica muy guapa, pero tonta. Es muy tonta. Su amiga Carlota es también alumna de la academia de modelos. Después de hacer las clases deciden ir a casa de Carlota para después ir a casa de Montse y luego ir todas juntas a Sitges, para ir a casa de Ángela. El tema es el de siempre: chicos, si es que son o no potentes en la cama a la hora de verdad.

En casa de Ángela, en Sitges, deciden que lo mejor sería ir a la playa a lucir cuerpo y alma. Ángela deja un bikini a sus tres amigas y van a la playa de Sant Sebastià a ver los gays que pasan por allí. Algún que otro es gordo y feo, pero la mayoría son unos increíbles homones con tanga, llenos de cuadrados y muy, muy morenos. El problema: son gays, y las chicas no pueden hacer nada para impedirlo.

Paula coge el móvil. La están llamando. Contesta; es François. Contenta le contesta con tono erótico. Sus amigas están atentas a lo que dice.

Cuelga. El día después ha quedado con François para ir al cine a ver El oro de Moscú a última sesión. Será una noche interesante, según Paula Botella.

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