Beet. Capítulo Segundo

 Mario acaba de leer La Vanguardia. Ha pasado una media hora desde la discusión que han tenido sus hijos. Enciende la televisión. Hace un poco de zápin y se decide a mirar la tele francesa, para oír un poco esa lengua y acordarse de ella.

Sofía está en el baño del piso de abajo. Acaba se ducharse y ahora se está maquillando. En una silla del baño está su vestido Armani bien planchadito y preparadito. Primero de todo se mira bien los ojos. Coge el rímel y se levanta las pestañas tanto como puede. Agarra el vestido y se viste. Acto seguido coge los polvos de maquillar y se da unas palmaditas en las mejillas. Después coge su juego de pintalabios y los mira un rato con cara de duda. Al final se decide por el de color rojo Ferrari. Aún le falta un poco de tiempo, así que decide peinarse a su manera: lenta y cuidadosamente.

Paula sale de la bañera. Es una mujer, pero va más rápido que su madre vistiéndose y maquillándose. Hoy lleva unos pantalones que le estrujan su culito bonito y que se vuelven más anchos cada vez que están más cerca de los pies. Se pone sus sostenes de textura blanco trasparente y se pone una camiseta que le tapa el pecho de manera discreta. Se maquilla poquito, ya que sabe que es más guapa que su madre y que no necesita pintarse para parecer una sex symbol. Se peina y sale del baño. Atraviesa el pasillo y cuando pasa por delante de la habitación de su hermano se para. Entra y le dice:

 –¿No te cansas? Ayer también jugaste con la cosa esta, ¿no?–

Con un “sí” apagado el hermano le responde. Paula sale vuelve a su habitación y coge el manual Técnicas de modelo: dietas y guapedades y empieza a leerlo.

Fernando está en su habitación. Está jugando con la Play Station2 que le regaló su abuela por Navidades.

Está con la boca abierta jugando con un videojuego de surf y otros deportes con plancha.

Llegan las once y cuarto. Mario se levanta del sofá. Va a su habitación y se cambia la camiseta. Baja y se encuentra con su mujer e hijos en el vestíbulo de la casa. La  noche anterior Mario no aparcó el coche donde siempre, delante de casa. Lo dejó una manzana más abajo y debe ir a buscarlo allí. Cuando vuelve con él, Sofía e hijos entran. Se dirigen a la iglesia del convento de los capuchinos, en la calle Cardenal Vives i Tutó.

El coche baja toda la avenida de Judas, después la de Foix y, al fin, Mario lo aparca cerca de la iglesia. En la pequeña plaza que está delante del templo, lleno de pequeños y mayores, se ven muchas palmas, como las que llevan Fernando y Paula. El Nokia 7630 de Paula suena; ella contesta y se aparta un poco de su familia. La ha llamado François. Mario y Fernando se aburren. A Fernando no le gusta mucho llevar la palma, ya que sabe que es demasiado mayor para eso. Sofía, en vez de aburrirse está ojo avizor por si llegan los Bandeja, sus amigos.

–¡Sofiiii!–. Se oye una voz un poco ronca. Es Cuca Safata, que llama a Sofía. Ella y familia se acercan a los Botella. Sofía le da dos besos a su amiga, cosa que también hacen sus hijos. Fernando le da su palma al hijo pequeño de Cuca y Paula a la hijita de la misma. Entonces Fernando saluda a su amigo con una manera extraña de dar la mano. Es el Petas. En realidad el nombre del Petas es José María Safata, pero sus amigos lo llaman Pepe o el Petas por una razón no muy original.

Las campanas suenan las doce. Todos entran. Sofía y Conchi se intercambian cotilleos. Fernando y el Petas hablan de chicas. Mario y Jesús hablan de bolsa. Los dos hijos pequeños de los Bandeja están cogidos de la mano a Conchita y a Paula, que no para de hablar por el móvil.

Acabada la misa los Safata deciden invitar a los Botella al restaurante Paradís que tienen cerca de casa. Están en la parte del barrio de Pedralbes del Distrito Sarrià–Sant Gervasi de Barcelona. Los Safata viven en un piso de un edificio gemelo a otro muy feo, parecido a chabolas amontonadas. Pero no deja de ser un lugar selecto de la ciudad. Los Safata viven en un décimo. Tienen los tres apartamentos, ya que los heredó el padre Safata. Entran en casa Safata. Se sientan en el salón.

Los pequeños de la familia anfitriona se van a jugar a la habitación de los juguetes. Los mayores se acomodan en el gran salón con vistas al Tibidabo y a la respectiva torre. Cuca va a la cocina y dice a su peruana que no haga de comer, que tiene la tarde libre y que ellos mismos se irán a comer al Paradís.

Fernando y José María van al cuarto de éste último. Fernando coge su monedero y quita veinte euros. Se los da a su amigo. El Petas, entonces, se dirige al armario y abre un cajón. Después de remover la ropa coge una caja de madera y la abre. Aparentemente no hay nada en ella, pero entonces abre una segunda tapa con una pequeña llave y pone la caja encima de la cama. Agarra unas tres bolsitas de las muchas que hay y las enseña a Fernando:

 –¿Cuál quieres? Yo te aconsejo ésta. Es muy buena. Nadie se entera si la has fumao, ya que las ojeras salen poco después de haberlo tomado…

 –No, esa no– responde Fernando mirándola bien con los ojos–, apesta demasiado.

 –Bueno… ¿Y ésta? Ésta está bien. Es como la otra, pero menos cargada y no la han modificado tanto como las otras…

 –Mira: mejor te compro una planta. Quizás la planto en mi cuarto, igual que tú…

 –Vale, pero me tienes que dar diez euros más. Es más cara una planta que un tate…

El Petas abre una pequeña puertecita de debajo de la mesa de su habitación con la misma llave de antes.

De allí quita tres plantas de cannabis. Una es más alta que las otras dos. La más pequeña se la da a Fernando y cobra unos treinta euros. Vuelve a dejar las plantas donde estaban y se sienta en su cama. Entonces se hace con papel de liar y la primera hierba que enseñó a Fernando. Se hace bien su porro y se lo enciende. Fernando entonces abre la ventana de la habitación y se sienta delante del ordenador del Petas.

José María Safata es un chico de la misma edad de Fernando que va a la misma clase que el niño Botella. Su padre Jesús es psiquiatra experto en la droga cannabis. Todos lo llaman el Petas por ser el chico de la clase que más sabe de esa droga (además de venderla). Lleva siempre una llave alta como un pétalo de girasol. Está bañada en oro y abre todas las puertas de los escondites secretos de José María, un chaval moreno que lleva el pelo corto y revuelto, ya que no le gusta peinarse.

Tiene pocos granos en la cara. Una cara con ojos marrones castaño igual que el pelo. Va vestido con una sudadera blanca en la cual está dibujada la silueta del conejito de Playboy en rojo. Pepe lleva un polo gris Tommy Hilfinger, unos pantalones Ralph Lauren y un par de zapatos Superga. Va casi igual que Fernando. En su habitación hay un póster grande con una hoja de maria verde y hegemónica con fondo rojo. La habitación en sí no es muy grande: una cama, una mesa, un armario.

En el salón están Jesús y Cuca Safata y Mario, Sofía y Paula Botella. Se levantan, sin parar de hablar, y llaman a sus hijos. Salen del apartamento. Bajan a la planta baja y atravesando el jardín comunitario se dirigen al restaurante Paradís a comer.

Pasado un rato, mientras están comiendo el segundo plato, Pepe le propone a Fernando:

 –Escucha, ya que te vendo una planta, ¿no sería mejor que te lleve a un lugar donde conocer a mis amigos?

 –¿Qué amigos?

 –De aquí a unos días los conocerás. Ya te llamaré. Vendrás a dormir a mi casa y por la noche te llevaré allí. Tus padres te dejan, ¿no?

 –Sí, claro.

Mientras tanto Paula no para de hablar por el móvil con su amiga Carlota. Hablan de chicos:

 –Pues mira, tía, ayer vino Frans a casa. Nos lo pasamos bien, ¿no?, pero el enano nos espió y hoy se lo ha chivado a mis padres…– comenta Paula con la boca llena.

 –Esto ya pasa, hija. El otro día quedé con uno en el cine más con un amigo suyo. El tío con quien quedé era guapo, pero los músculos del otro me ponían más. Además el Borja, que es el tío que me quería liar, le gustaba más mirar a la zorra buena del film. Así que yo me lié con el Pablo, su amigo…

 –¿Besa bien?– pregunta Paula.

 –Tss… Normal… Qué quieres que te diga…

 –Ah, pues el Frans no veas como besa… ¡Es guapísimo! Mira, no se lo digas a nadie, pero ayer me hizo unas acrobacias con la lengua ya-sabes-donde que no veas…

 –Qué suerte tienes, Paula…

 –Ya ves… Hoy le he llamao y hemos quedao pa’ pasado mañana…

Sofía y Conchi se van intercambiando cotilleos. Que si Felipín se casa o no… Que si la Obregón se ha repintado el pelo… Etcétera… Jesús y Mario, en cambio, hablan de economía, ya que de política no saben gran cosa.

Acabado el postre, Fernando y el Petas piden un dinero a sus respectivos padres y se van juntos a la discoteca Up&Down, donde han quedado con unos amigos del colegio. Paula se levanta. Saluda a sus padres y a los Safata y se va a casa de Carlota, la amiga con quien hablaba antes por móvil. El camarero pone encima de la mesa la cuenta. Después de la típica discusión que se tiene para ver quien paga la comida se decide que el restaurante cobrará de mano de Jesús Safata. Éste paga y se van a cal Safata.

Se sientan en el salón. Cuca trae de la cocina unos vasos y les ofrece a sus amigos Botella vino y güisqui. Todo de “alta calidad”, como comenta la anfitriona. Son las cinco, así que aún faltan cinco largas horas de conversación. Las mujeres sobre los cotilleos y los hombres sobre ordenador y finanzas.

Y en otra parte de la ciudad condal, Fernando y Pepe llegan delante de la discoteca. Allí se encuentran con un grupo de cuatro amigos: tres chicas y un chico. Una pa’ cada uno, piensa Fernando, haciendo cara de cazador y esbozando una pequeña sonrisa llena de satisfacción. Entran en la discoteca. Las chicas y el Petas se ponen a bailar. Fernando y Guillermo piden una bebidas y miran como bailan las chicas. La bebida servida a Fernando tiene el mismo color de la pared del edificio de casa de Carlota, rojo vivo.

Paula sale de la casa de Carlota acompañada por esta última. Han decidido ir al cine a ver Johnny English. Se irán al Cinesa Diagonal, donde han quedado con François y un amigo de éste, Rubén.

Carlota y Paula llegan al cine. Paula saluda a François con un largo beso en los labios. Carlota los mira con un poco de envidia. Rubén no es que sea muy guapo, pero sí muy, muy pijo, igual que el francés.

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