BeeT. Capítulo Primero

La taza estaba encima de la mesa, el agua del grifo caía mansamente sobre un plato y la madre estaba lavando unas tacitas del desayuno. Domingo de ramos de uno de los primeros años del siglo XXI. El padre se levantó temprano para ir a comprar las palmas para los hijos de unos amigos. La taza estaba encima de la mesa de la cocina, el colacao se enfriaba con dulzura y solo se escuchaba el pio-pio de los pájaros del barrio. Los Botella irían a misa hacia las once y media: habían quedado con unos amigos.Era un presente no muy pasado, una era terminada ya.

La mujer que lava los platos es la madre, casada con Mario Botella. Es una mujer de estatura normal. Hace dos días se tiñó los cabellos de un rubio muy potente. Su masajista, monitor de tenis, cirujano plástico y amante, le hizo un liftin que le fue muy bien. Ahora tiene la cara como una tabla de planchar, pero todo eso no quita que deba cocinar, lavar los platos, lavar la casa y lavarlo todo los sábados, domingos y otros festivos. Viste de ir por casa: pantuflas rosas, pelo revuelto, cara sin maquillar, pijama amarillo y delantal rojo con rayas verdes.

Se oye un portazo. Es Mario, el padre. Con un “Ya estoy aquí” apagado y rutinario cierra la puerta con un golpe fuerte. El Mercedes No-sé-cuantos que se acaba de comprar lo tiene que vender por problemas de dinero. Eso le ha amargado el día. Lleva una camiseta polo de marca Ralph Lauren. Es absolutamente blanca y el caballito prepotente está en una esquina de la parte delantera de la camiseta. Se quita la chaqueta color diarrea y la pone en una silla. Con La Vanguardia en el regazo y la taza en una mano, empieza a leerla.

–¡Mierda! ¡Esta mierda de camisa no vale una mierda!–

Se le acaba de caer un poco de colacao. Ahora es blanca con una mancha marrón en la teta izquierda.

 –¡Mañana devuélvela a la tintorería! –ladra bravucón–. Ah, y recuerda que tenemos que llamar a la marujona esa pa’ quedar, ¿me has oído?

 –Síííí… A la Cuca no la llames marujona, cari, que la pobre es la única que se entera de las cosas del barrio, y mira que vive en Pedralbes– responde Sofía desde la cocina–. Además, seguro que no me has comprao el Lecturas y el Hola, ¿a que no?

 –Te he comprao el Diez minutos y la colonia esa que me pediste, pesada…– suelta Mario mientras lee que el presidente Aznar está de visita en Washington DC.

 –Ya, pero es que el Minus no me gusta tanto como esas otras. Haber comprao el Interviú, que hoy sale la Galera, la de ayer, ¡desnudísima! Con las tetas rebotadas… es muy fea, además de…

 –No me importa, eso se lo explicas a la maruja amiga tuya…– murmura Mario leyendo la sección deportiva.

El Barça no levanta cabeza, piensa. Malparidos, mercenarios desagradecidos…

Sofía Botella acaba de lavar los platos. Se queja porque tiene las manos arrugadas; no ha utilizado los guantes, ya que según ella dejan un olor putrefacto a pescado lleno de moscas revueltas. Y, mirándose las manos, entra en el baño que hay en el piso de abajo, cerca de la cocina.

En Gràcia se vivía de maravilla, según el padre, pero Sofía quiso irse a vivir a una casa adosada en el Tibidabo, mirando a Barcelona, cerca de Can Caralleu.

La puerta del salón se abre. Entra la hija vestida con camisón. Tiene ojos de muerta y el cabello rubio natural revuelto. Al mirar al padre, él la saluda con un eructo y ella hace cara de asco. La madre sale del baño con una toalla en la cabeza y una muy grande que le tapa el cuerpo desde los pechos a los pies. Sus toallas son del Hotel Meliá de Alicante (cuando una cosa les gusta de la habitación de un hotel… ya se lo imaginan, amigos). Le da los buenos días a su hija con un beso en la cara. En cierto momento la escruta con cara de asco y la mira de arriba abajo. Entonces le mira bien el cuello y:

 –¡Un chupetón! ¡Nena, que tienes un chupetón de la virgen en el cuello! Mario, ¡dile algo!

 –¿Y que quieres que le diga, mujer? Ya es mayorcita, ¿no?– responde Mario sin dejar de leer La Vanguardia–. ¡Coño! ¡La inflación ha subido! ¡Y las acciones bajado! ¡La madre que te parió…!– Se va del tema rápidamente.

 –Eres mal padre, Mario. Y a ti ¿es que no te da vergüenza ir por allí y por allá enseñando un chupetón? ¿Quién te lo ha hecho? ¿El gabacho ese?– grita Sofía a su hija.

 –¡Se llama François y está cacho bueno! Además, ¿a que no sabes lo que hemos hecho ayer mientras tú y papá estabais con los Prat?– se acaba de despertar la nena.

 –Follásteis como perros, ¿no?– se incorpora el niño, que se acaba de levantar. –Os oí mientras intentaba cagar… Eran las once o doce de la noche…

 –¡Serás hijoputa… y guarro!– le grita la hermana. -¿Por qué tenías que explicarlo? ¡Idiota!

 –¡Niños! Usó preservas, supongo, ¿no? – pregunta Sofía a su hija severamente.

 –No…– responde el niño adelantándose a la hermana.

 –¿Y tú cómo lo sabes? – pregunta escandalizada su hermana.

 –Os espié durante un rato. Estabais los dos desnudos. A él se le veía una peazo polla y tú tenías el coño así de abierto. Y gritabas como una hiena en celo, así “Ah, oh, ah, ah, aaaaah…”.

La crueldad de un adolescente aparece con gemidos y una risa metálica tan insoportable como el acné y los aparatos dentales que debe llevar diariamente.

 –¡Basta! ¡Ahora os lo calentáis vosotros el colacao! ¡Estoy hasta las narices de vosotros dos! ¡Dejarme en paz!– Dicho esto Sofía entra en el baño con un cigarro recién encendido. Mario lee uno de los suplementos del domingo con un puro en la boca.

Son las diez y media. Los “niños” Botella están desayunando. El salón es bastante grande. Hay una televisión de pantalla plana Philips con DVD. Mario está sentado en uno de los tres sofás, en la esquina, para apoyar el brazo tranquilamente. La alfombra árabe está manchada de tierra de sus zapatos de marca muy caros. Ha pasado por el parque de delante de casa. El sofá en el que está sentado es rojo, con una textura elegante y suave.

En el salón hay también dos sillones, para los invitados “importantes”. Los sillones son negros. En una de las cuatro esquinas hay la tele y su mueble (con DVD, VHS, etc…); en otra un mueble donde está la máquina de CDs, casettes y radio. En una tercera esquina está un mini-bar, donde están los güisquis y cervezas de Mario. Detrás del sofá donde está sentado Mario hay un ventanal que da al jardín que rodea la casa aún hipotecada (faltan 38 años para acabar de pagarla).

Delante de los sofás hay una mesita de salón, con encima unas cuantas revistas del corazón de Sofía de los meses pasados. En las paredes hay unas estanterías, con cuadros, enciclopedias, diccionarios, “libros”, “trofeos”, “diplomas” y otros que se alimentan de polvo y es raro que algún miembro de la familia los toque alguna vez.

En la cocina están los “nenes” Botella. En la mesa redonda están Fernando y Paula. Ya se han olvidado de lo de antes, ya que no les importan para nada los gritos de su madre. Fernando es un chico de unos quince años, de estatura normal, moreno, ojos verdes, acné. No es que sea muy feo. Hace mucho deporte, pero es pésimo en los estudios. Sale victorioso de ello solo cuando su padre corrompe al colegio.

Lleva los cabellos un pelín largos, con unas greñas que llegan hasta el principio de la espalda. Muchos de sus conocidos lo llaman Fredy. Paula, su hermana, tiene el pelo largo y rubio. Sus ojos son azules y es una de esas chicas-playboy. Es muy alta. Tiene unos cuatro años más que su hermano. Hace un mes se hizo una operación estética. Se hinchó el pecho. Gracias a ello ahora se acuesta con quién quiere. También ella es una pésima estudiante, y solo pasó los estudios de bachillerato gracias a su padre, que corrompió al colegio. Ahora estudia para modelo, y va a una academia. También probó la Operación Triunfo, pero no la cogieron por ser demasiado tonta. En cierto momento, mientras se está untando de mantequilla la tostada, pregunta a su hermano:

 –Y tú niñato, ¿no tienes novia aún?

 –Ayer me lié con una tía buenísima en el Pachá…

 –Pero si tú allí no puedes entrar, tienes solo 15 años, tienes que tener 16 pa’ estar allí.

 –Ya, pero la tía con la que me lié era una promotora del Pachá que me dejó entrar. Mientras nos liábamos intenté meterle el dedo por allí, pero ella me dio un bofetón y se fue a morrear al Petas.

 –Eres un guarro, nen, ¿no te lo han dicho antes? Das asco…

 –Yo y el Petas somos los amos del curso, nen; triunfamos por donde pasamos. El jueves la Comillas me quiso echar de clase porque me liaba con la Lourdes y yo le contesté: “¡Que se vaya tu madre fuera!” –ríe orgulloso.

 –No sé cómo es que aun no te han suspendido…

 –Papá me lo soluciona. Se ve que le da un dinerito al director. El padre del Petas también hace eso con el Tazas.

 –¿El Tazas?– pregunta su hermana –¿Quién es ese?

 –Es el director del cole. Es el profesor de lengua española– responde Fernando–. Este el es segundo y último curso que está de director.

 –Ah…

Paula se acaba el colacao. Le da unas palmadas en la espalda a su hermano y se va a su cuarto, en el piso de arriba. Sube las escaleras, apoyando la mano en la barandilla.

En el piso de arriba hay un largo pasillo que da a las cuatro habitaciones y a dos baños. Paula entra en su habitación. Se quita el camisón amarillo y se queda desnuda delante de un gran espejo que tiene en su cuarto. Mira atentamente y, después de unos cinco minutos posando para el espejo, decide ducharse. Se vuelve a poner el camisón. Coge su estuche de maquillaje; sale de su habitación; atraviesa el pasillo; entra en el baño y cierra la puerta de este con pestillo.

Dentro del baño suspira unos cuantos Ay… François… Vaya chupetón me has hecho… Se vuelve a quitar el camisón amarillo y abre el grifo de la bañera. Se da cuenta de que dentro del estuche de maquillaje hay un test de embarazo. Desnuda, lo mira y piensa que es mejor saber si François la ha embarazado. Se hace el test. Resulta negativo. Contenta sonríe al espejo del baño y tira unos cuantos sales en la bañera. Espejito, espejito, ¿quién es la más bella?, piensa. Se mete en ella y empieza a frotarse con su esponja. Es una esponja suave, que le remueve todo el cuerpo, de arriba abajo.

Mientras las mujeres de la casa se están bañando y Mario está leyendo el ABC, el niño acaba el colacao y se va a su cuarto a vestirse. Espejito, espejito, ¿quién es la más rica? Sube las escaleras. Lleva un pijama azul y el pelo revuelto. El día antes ya hizo unas cuantas guarradas con sus partes en su cuarto, así que hoy no hará nada con su órgano reproductor externo.

Entra en su habitación, la que está entre el cuarto de Paula y la suite de sus padres. Mira los posters pornográficos y hace una sonrisita. Ve que en su móvil han llegado unos cuantos SMS. Ve que uno es de su amigo Petas: “t spro a mi ksa ven a las 5”. Traducido sería algo así como “Te espero en mi casa; ven a las 5 de la tarde”. Ya que aun tiene un poco de tiempo decide vestirse y después mirar un rato webs pornográficas. Después cambia de idea, no hace falta mirar siempre webs porno, te hacen atontecer. Espejito, espejito, ¿quién es la más elegante?

Abre el armario y coge un polo Tommy Hilfinger; unos pantalones de esa misma marca; una sudadera azul marino en la cuya parte delantera hay escrito Warwick Warriors. Hasta sus calzones y calcetines son de marca. Deben serlo. Es como el marcaje de las vacas. Coge los seis pares de zapatos que tiene. Un par para cada día. Hoy es domingo de ramos, así que se pondrá los zapatos marrones italianos Superga.

A veces Fernando se imagina que es un chico muy popular, importante y guapo. Y no os engañará, es un chico bastante guapo. Sin embargo bastante no significa muy. Y se imagina, cuando se viste y se mira al espejo, que algún día se casará con una chica tan guapa como la Claudia Schiffer y que la llevará a Japón a vivir como dos shoguns, en un palacio tradicional japonés.

Los dibujos animados japoneses son la orden del día en la tele mirada por Fernando Botella. Cuando era pequeño quedó encantado con Bola de drac. Son Goku era la envidia de todos sus fans, espectadores y seguidores.

Quien podía contemplar las batallas y las bolas de fuego que Goku podía hacer era un afortunado, puesto que todos, como Fernando, anhelaban ser como ese chaval de pelo puntiagudo y negro, lleno de músculos y de poderes mágicos. Nada que ver con Harry Potter, otro mágico que también ha llegado a la mente de Fernando. Mientras tanto se distrae con el Señor de los anillos del cine, las maquinaciones sexuales de Rocco Sifredi y de las bromas de la televisión como el Guiñol, el hotel glamuroso de la quinta cadena y otros.

El mundo está lleno de payasos.

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