La barba del comandante guapo

Oíamos el rugir de la tortura a la que estaba sometido Fino en los adentros de la taberna. Los demás Hombres Tristes fuimos expulsados de la misma y atados en palmeras (dos metros de cuerda hicieron falta para atar en corto a la fuerza de rinoceronte de la Mamá Santa), la de la Esquina Vieja chillaba ¡Hijos de la reputísima madre que os parió, dejen mi negocio, ladrones socialistas hijos de las remil putas! sin que los barbudos milicianos del nuevo Estado de la República de nuestra Nación le hiciesen el más mínimo caso. Oíamos el chillar de Fino. Entendíamos que la muerte nos había dado un regalo con trampa.

“¿Dónde está?”

“Nadie lo sabe… Se lo juro, Comandante, nadie sabe adónde fue…”

Agarró una serpiente roja como la sangre con ojos de color miel, hipnótica, y se la metió por el recto. Fino se retorció de dolor mientras sentía que el Comandante sádico se deleitaba con aquella tortura, viendo que su torturado, por mucho dolor que sintiese, nunca desfallecía, no moría.

El Comandante guapo lo escudriñaba con sus ojitos de médico e intentaba comprender aquel misterio. En la realidad la muerte es la otra orilla de la ecuación de la vida, pero en ese mundo dejado de la mano de la existencia, donde magia y ciencia se difuminaban demasiado, la ecuación quedaba en infinito. “¿Entonces por qué no te mueres?”, preguntó solícito el Comandante sádico, de barba marrón, tez pálida como la leche, ojos verdes como rubíes y dientes de plata, un fusil AK-47 que le hacía de bastón pues era cojo y un gorro repleto de chapas y medallas.

Moro, el Dueño, la Puta, la Mamá Santa, León y yo estábamos atados en las palmeras, algunos más nerviosos que otros, sobre todo las mujeres. Manita aún estaba desmayado sobre su mesa, en la taberna, y no parecía moverse. El desmayo no es muerte. Regalo con trampa. La mulata más bella del planeta se había reído de nosotros. Por fin comprendía yo aquella escena: los Comandantes barbudos estaban ante un prodigio de la Naturaleza que tenía que convertirse en don para la Patria. Aquél sufijo o Muerte ya no tendría sentido si los Comandantes conseguían establecer junto al milagro de la Patria el escudo de la vida eterna.

El Comandante guapo se cansó de que el Comandante sádico torturara a Fino: Ya está bien, ordenó, y el malnacido tuvo que aguantarse y dejar a Fino en paz, que fue acompañado a su palmera y atado junto a todos nosotros. Lloraba como un bebé, aterrado, echando en falta a Tele, se había meado encima del miedo que había pasado. El Comandante sádico se nos acercó cojeando, como un demonio payasil cuya existencia solamente roe basada en el dolor del prójimo. Poder dañar hasta el infinito a unos seres que no podían morir era la ganga de su vida. Se le notaba la saliva del placer brotar por sus maléficos iris de ámbar y abeja. Agarró su Avtomat Kalashnikova modelo 1947 y se acercó al ruso León. Te conozco, le dijo. No sé de qué ni de dónde, pero te conozco.

Entonces apuntó en la cara al ruso y disparó: la bala le rebanó la cabeza como el ventilador le destrozó medio cuerpo, pero como por arte de magia la testa del siberiano amigo se recompuso como un puzle, el hombre de la tundra se rió enloquecido en su idioma y le escupió en la cara. El Comandante sádico, vigilado de cerca por el guapo y los demás soldados, cambió su semblante del placer al hastío y volvió a disparar; la cara de León volvió a reorganizarse y el ruso le volvió a escupir en la cara, esta vez acompañado por el Dueño. Todos le seguimos, empapando el cuerpo del Comandante sádico con nuestra indignación. ¡Podrán torturarnos hasta la saciedad, cabrones!, les gritó la Puta de la Esquina Vieja, ¡pero no podrán matarnos jamás!

El Comandante guapo ordenó al sádico que se apartara y se nos acercó. Era un adulto joven, llevaba lentes de contacto y una barba negra y esbelta que le identificaba con su famosísima efigie. Sonreía, como abatido, y nos miró a cada uno de nosotros. Normalmente hablaba con nuestro acento, pero cuando vio a la de la Esquina, le habló con el de los argentinos: Sós de mi país de origen, vós. La Puta no hizo atisbo de sorpresa alguno: Yo no soy de tu país, no soy de ninguno, solo la legítima propietaria del negocio en el que habéis torturado a mis clientes y a mi trabajador. “El Estado es ahora el propietario del negocio”. ¡Ni hablar! Si lo quieren cómprenlo. “Se estataliza”.

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