El Australiano Errante

El día de la visita del Australiano Errante descubrimos la fotografía. Estábamos en la taberna, aún no había aparecido la Manita de la de la Esquina y no podíamos ni tener la más mínima sospecha de lo que sucedería una vez el negro cuernudo entraría en nuestras vidas. La aldea seguía en su ritmo de clima húmedo y atraso decimonónico, bebíamos ron añejo escuchando el gramófono de Tele y de vez en cuando Fino tocaba degüellos.

En medio de esta rutina sin metas apareció un hombre rudo, alto como un campanario, con barba de leñador y músculos de acero, vestido con una moda extraña de pantalones cortos y amarillos, camisa azul deslucida por el sudor que le empañaba los reflejos del cuerpo y unas botas de explorador relucientemente marrones de barros. Entró en la taberna sin hacer mucho ruido, la Puta seguía en su esquinilla, fumando opio, y creo que solo el Dueño se dio cuenta de la nueva presencia. Se le acercó. Gustaría un agua, dijo el Australiano Errante. Aquí solo tenemos ron. Ron añejo, escupió el Dueño. Pues una copa de ron añejo, please.

Poco tiempo después estaba ya bebiendo el Australiano Errante, quien parcialmente borrachuzo nos contó que en su tierra también tenía un mundo de cañaverales de los que emanaba ron. Se llamaba Bundaberg su ciudad, en la Tierra de la Reina, en el oriente norteño de la isla continental que era su patria. Dicharachero y amigo de la adrenalina de los desplazamientos, nos enseñó lo que llevaba en su fardo de viajero: un diario en el que ilustraba los seres que conocía junto a una detallada descripción empírica en lengua inglesa, un collar etíope y una máquina que capturaba la realidad y, convertida en placa de sepia o grisácea, la plasmaba en una plancha. Este es el invento del brujo francés Daguèrre, nos decía en un castellano anglificado. Este es el mayor invento del hombre después de la imprenta, sin este artilugio la realidad seguiría siendo una visión subjetiva del hombre, con esto podemos retratarla tal cual es, sin interferencias de la imaginación.

Tele se descubrió como el único en conocer dicha caja: ¡Sí, sé qué es!, bramó. ¡Cuánto tiempo sin ver una cámara fotográfica!, volvió. ¡Hagamos una fotografía, por cortesía!, pidió. Abrazó al Australiano Errante rezándole el favor, apuntándonos que nos pusiésemos nuestras mejores galas, pues la taberna sería el sitio en el que el Australiano Errante nos retrataría. En la aldea no existía más plasmación de la luz viva que los espejos cóncavos y convexos en los que podernos acicalarnos.

Fui a buscar a la Mamá Santa, quien se vistió alegre ante tal osadía del tedio del día a día (¿quién puede decir que un Australiano Errante y amigo del brujo Daguèrre te visita en una mañana en la que la Nada podía volver a ser la emperatriz?), y juntos volvimos a la taberna. Fino se había puesto ropaje de su padre, un terrateniente que había vivido tiempo atrás en las mismas marismas en las que la Puta decidió invertir parte de sus ahorros. No se hagan ilusiones, Fino Fines no soltó su trompeta. Moro simplemente se mojó la camisa para parecer más fuerte y se presentó con la guitarra como acompañante fiel. El Dueño se puso su mejor devantal y la de la Esquina ni siquiera se aderezó: a las princesas las cuida el tiempo.

Teléfilo, quien no tenía otra ropa que la que había llevado desde los Estados Unidos de América, de los que escapaba de la prohibición más tonta de la Historia, se quedó como estaba, pero decidió aparecer en el retrato del Australiano Errante con su gramófono. Todos teníamos algo que nos identificaba: una trompeta, una guitarra, un gramófono, una pipa, una botella, y la Mamá Santa.

El Australiano Errante tomó varias muestras, cada una durante minutos interminables de espera. Incluso la magia tiene sus tempos. Lentos o rápidos, la paciencia es la mejor ciencia para contrarrestarla. Done, fellas! Ahora, siguió el visitante, tengo que irme, amigos, tengo que proseguir con mis viajes, pero no worries, volveré con el resultado de esta aventura. No cumplió su promesa.

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