Analizando AHS

American Horror Story (AHS) es una antología del horror americano. Cuenta hoy por hoy con seis temporadas desde 2011: Murder House (Casa Asesina), Asylum (Manicomio), Coven (Aquelarre), Freak Show (Espectáculo de Rarezas), Hotel y Roanoke. Cada temporada narra un cuento de terror diferente, casi todas con los mismos actores en roles diversos, aunque los personajes y las tramas en algunas de sus temporadas se entrelazan.

American Horror Story

AHS es una antología maravillosa. No podemos afirmar que todas sus temporadas sean buenas. Las hay que son geniales, como Asylum y Roanoke. Otras son anodinas o lacónicas, como Freak Show. Otras son demasiado raras y se pasan de rosca sin enseñar nada nuevo entre una y otra, como Hotel.

Otra es aburridísima, como Coven. Y finalmente tenemos la primera, Murder House, que sienta las bases de toda la antología y es, por qué no decirlo, una buena pieza televisiva sin llegar a poseer la excelencia de Asylum y Roanoke.

La temporada más terrorífica es Roanoke, un metareality en el que se mezclan realidad y fantasía, creando una atmósfera de terror única. Los episodios incrementan el horror a medida que avanza la temporada, subiendo el tono de la locura, algo que también vemos en Asylum.

Todos los cuentos poseen giros inesperados, aunque solo en estas dos temporadas dichos giros reconfiguran el universo de la serie de forma positiva, cosa que no sucede en otros. En Coven o Freak Show, por ejemplo, se pasan de rosca, pues al fin y al cabo los guionistas no saben cómo hilvanar una lógica coherente en la fantasía histérica de la serie a medida que avanzan los episodios.

Nótese que no estamos numerando las temporadas. Ni falta que hace. Cada cuento de terror tiene su propia lógica, su propia evolución, sus giros, sus personajes… Murder House tiene cosas de Hotel, y Freak Show de Asylum, y Roanoke de Coven, y Murder House también de Roanoke… No terminaríamos nunca.

De hecho, el espectador novato podría comenzar la visión de esta serie desde la temporada cuyo nombre más le guste. No existe una cronología exacta entre una temporada y otra, sino que todas poseen un sistema propio que se entrelaza y crea, finalmente, un universo único en su especie.

AHS es a la vez una parodia de los cuentos de terror americanos, una serie de terror en el mejor sentido de la palabra, una crítica de la sociedad estadounidense, un proyecto lúgubre y metafísico de Ryan Murphy, y una serie que ya ha hecho historia. Porque en ella el horror no está solo expuesto en forma de fantasmas o sangre, sino de seres demasiado humanos aunque sean producto de la fantasía.

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En este análisis veremos cuán femenina es la serie, además de cómo se retroalimenta con la cultura pop. Repasaremos también la obra de Ryan Murphy, quien en AHS hace tándem creador con Brad Falchuk. Y reflexionaremos sobre el horror y el monstruo. Todo esto, con muchos spoilers más, en este análisis biciclero.

Mujeres ponderosas

AHS una serie muy femenina y feminista. Todas sus temporadas poseen personajes femeninos fuertes, duros, que se reivindican y que sufren por culpa de una sociedad masculina que tiende a alienarlas. En Murder House, las heroínas son Vivien (Connie Briton) y su hija Violet (Taissa Farmiga). En Asylum, todo se desenvuelve en torno a las andanzas de la monja Sister Jude (Jessica Lange) y la periodista Lana Winters (Sarah Paulson).

En Coven, el cast es eminentemente femenino, pues trata las aventuras de una escuela de brujas con malas cabronas como Fiona Goode (Lange), Madison Montgomery (Emma Roberts), y Marie Laveau (Angela Bassett), y brujas un poco mejores con Cordelia Foxx (Paulson) y Zoe (Farmiga). En Freak Show, Lange colabora por última vez como la directora del circo de monstruos Elsa Mars, acompañada por las siamesas Bette y Dot Tattler (Paulson), la barbuda Ethel Darling (Kathy Bates), y una irreconocible Naomi Grossman como la microcéfala Pepper, uno de los personajes secundarios clave de esta antología.

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Finalmente, las mujeres siguen siendo fuertes en Hotel y en Roanoke. En el Hotel Cortez, la Condesa (Lady Gaga) es la vampira jefa de ese albergue de los horrores, junto a la travesti Liz Taylor (Denis O’Hare en su mejor personaje en AHS) y la recepcionista Iris (Bates). Y en la isla de Roanoke, en Carolina del Norte, las heroínas son Shelby (Lily Rabe en su mejor caracterización), Lee Harris (Adina Porter), la bruja Scáthach (Lady Gaga) y las actrices Audrey Tindall (Paulson), Agnes Mary Winstead (Bates), y Monet Tumusiime (Bassett).

Y todas estas mujeres son sangrientas, fuertes, duras, vengativas, reivindicativas, abiertas a conocer nuevas aventuras y peripecias, siempre sufridas, siempre atrapadas en dolores inasumibles.

Porque aquí radica la fuerza de AHS: en los personajes femeninos y en sus actrices. O, mejor dicho, divas. Porque de Jessica Lange pasamos a Lady Gaga, y junto a estas orbitan Sarah Paulson, Kathy Bates, Lily Rabe, Frances Conroy y Angela Bassett. Todas ellas constituyen la médula de la antología. Y lo saben y se lo pasan en grande.

American Horror Story les da la posibilidad de presentar sus dotes interpretativas, utilizando diferentes acentos: Lange pasa del sureño al germano al de la Costa Este de una temporada a la otra, o Paulson presenta tres acentos distintos en una sola temporada, Roanoke, desde el americano de California al británico al de la Costa Este, sin olvidar la capacidad camaleónica de Bates, quien pasa del sureño del siglo XIX al norteño de hoy al británico del siglo XVI.

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Dícese de los actores que prefieren personajes malos. Pues en AHS todos los personajes son malos (en algún momento determinado). O bien nacen siendo malos, o se hacen por culpa de la sociedad o el entorno.

Y ante personajes tan cabrones e inmorales, los cuales le permiten a uno dar rienda suelta a su histeria, rabia, ira, odio y sadismo, ¿quién se resistiría? Lange, Gaga, Rabe, Bassett, Bates, Roberts, Farmiga, Briton, Porter, Grossman y Conroy harán todo lo posible para pecar de histrionismo.

Y junto a ellas tendremos actuaciones de actores como Evan Peters, Denis O’Hare, Zachary Quinto o Cuba Gooding Jr. Algunos de estos actores repiten (Peters y O’Hare), otros son más esporádicos (Gooding Jr.). Pero todos ellos, como ellas, no tienen miedo a pasarse de rosca. Ni falta que hace. Porque personajes enloquecidos como John Patrick Marsh (Peters) o Dandy Mott (Finn Wittrock) son siempre necesarios y bienvenidos para decantar la balanza en la lucha de sexos. En la que normalmente ganan ellas.

Cultura pop

Ante todo, la cultura pop de American Horror Story desea retratar los cuentos más escalofriantes de los Estados Unidos. Ficticios y reales. Misterios irresueltos, asesinatos en masa, torturas, canibalismo, primitivismo, ocultismo… Asesinos en serie reales, tanto hombres como mujeres, espíritus homicidas, torturadores profesionales: seres reales que encuentran su versión ficticia o incluso real.

El equipo de Murphy y Falchuk utiliza con maestría historias reales como la de Madame LaLaurie de Nueva Orleans, el médico Henry Howard Holmes o las enfermeras Gwendolyn Graham y Cathy Wood. En Hotel, la serie presenta cinco de los asesinos en serie americanos reales, casi rindiéndoles un homenaje paródico. En Freak Show, se presentan casos reales de humanos con malformaciones, convertidos en actores de circo.

En Roanoke, toda la trama gira en torno a la leyenda de la Colonia Perdida de Roanoke, en Carolina del Norte, la primera colonia inglesa en las actuales tierras de los USA, y que desapareció sin dejar rastro en 1587.

En Asylum, el manicomio de Briarcliff está basado en la escuela Willowbrook, para niños con malformaciones mentales y físicas. En Coven tenemos un homenaje a los cuentos de brujas pasados por un filtro paródico de la Escuela Xavier para Jóvenes Superdotados y por una lucha de sexos en la que ellas ganan.

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Como hemos apuntado, AHS es una antología de terror que relata los horrores de la sociedad americana. Expone, tritura, parodia, satiriza, reinventa. Desde fantasmas y los espíritus a los vampiros a los seres renacidos, con un Minotauro, muchas brujas, demasiados asesinos.

Un shock constante para el espectador, un sueño húmedo de Murphy. Los guionistas empañan todas las temporadas con personajes que puedan ser rastreados en los meandros de Youtube y en los laberintos de Google. Monstruos reales e irreales que se dan la mano, que le guiñan al espectador, que lo descolocan, lo asustan, lo divierten, se ríen con él, lo molestan. Y, de vez en cuando, cantan.

Porque la música es parte esencial de esta antología. Podéis seguir la banda sonora de la serie en esta lista de Spotify. Podemos ver momentos sublimes como Jessica Lange cantando The Name Game de Shelly Ellis en Asylum, Life on Mars de David Bowie y Gods and monsters de Lana Del Rey en Freak Show. Podemos contar con la real Stevie Nicks cantando Seven wonders. Coven homenajea también la canción House of the Rising Sun de los Animals. Y Hotel se asienta sobre la canción Hotel California de los Eagles, cuyas dos últimas estrofas disponen la temporada misma:

Mirrors on the ceilling, the pink champaign on ice

and she said we are all just prisoners here of our own device.

And inn the masters chambers they’re gathered for the feast

they stab it with their steely knifes but they just can’t kill the beast.

Last thing I remember, I was runnin’ for the door

I had to find the passage back to the place I was before.

Good night said the night man we are programmed to receive,

you can check-out anytime you like, but you can never leave.

Un hotel del que no te puedes escapar, un hotel lleno de secretos, de muertos. La música es una característica más de la sociedad americana, junto a sus horrores y miserias, sus monstruos y sus locuras.

Y es la música la única que puede enseñarle al espectador la big picture, el bosque desde las copas, de todo lo que acontece en la antología. Una manera humanizadora de darle lógica a una serie que a veces parece dar bandazos.

La cultura pop también presenta dos de sus vertientes más poderosos: el cine y la televisión. La imagen en movimiento. Hay muchos personajes y tramas que pasan por la tele, como Lana Winters, Elsa Mars, los metarealities de Roanoke. Actrices que juegan siendo actrices, actores que hacen de actores. Se autoparodian y les encanta.

Así pueden reírse de las convenciones que presentan nuevos productos cinematográficos o televisivos, de programas del corazón o sensacionalistas o de telebasura. Porque ahí también reside parte del horror de la sociedad: la fascinación y el mercadeo del terror, del miedo, del asco y la rabia y el odio.

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La cultura del horror se asienta en nuestras fibras, como si nos gustara agarrar un cilicio y sentir su dolor. Ya lo dicen los expertos: la línea que separa el dolor del placer es tan fina como la que separa el amor del odio. American Horror Story utiliza la cultura pop para apuntalarse y recordar que el horror que expone es tan normal como extraordinario.

Con una estética que pasa del barroquismo de Hotel a la luminosidad de Coven a la oscuridad de Asylum. AHS juega con la cultura del terror. No en balde cada nueva temporada aparece en otoño, siendo la fecha de Todos los Santos el cénit de cada cuento.

Pues Halloween también es parte de esta cultura americana basada en el business y en la artificialidad. Una marea que nos ha envuelto en sus aguas de truco o trato, ya que los niños que llaman a la puerta de mi casa el 30 de octubre no piden castañas.

Murphy y sus shocks

Ryan Murphy (Indiannapolis, Indiana, USA, 1965) es uno de los showrunners más exitosos de los Estados Unidos de América. Suyas son las series Nip/Tuck, Glee, Scream Queens, American Crime Story y la que nos ocupa, American Horror Story. Su éxito proviene de la originalidad de sus obras, de cómo sabe retroalimentarse con la cultura pop, y de los shocks que presenta.

Porque Murphy se ha caracterizado por querer ser polémico. Muy polémico. Como vimos en el análisis de Orange is the new black, Murphy es la antítesis de la elegancia o la normalidad. Si en Orange is the new black la homosexualidad, el color de piel, la diversidad en general, son tratadas desde la normalidad, Murphy prefiere ser punzante.

En todas sus series habrá mucho sexo, entre mujeres y hombres, entre mujeres y mujeres, entre hombres y hombres, con pasos de una orientación a otra, con amores interraciales, con odios amorosos, con sangre de por medio.

Y AHS no es una excepción. En todas sus temporadas vemos una reivindicación constante de la diversidad. Una reivindicación dada a golpe de shocks. Algo imposible en series como Orange is the new black o Transparent o Modern Family.

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Murphy es un creador abierto, al que le gusta experimentar, polémico y muy progresista. En Catalunya votaría la CUP. Ryan Murphy es un cupaire que desea cambiar la sociedad. Desea transformar la realidad. Desea que los miedos, los temores, los prejuicios desaparezcan.

Por eso los presenta en toda su crudeza: la violencia racial, las agresiones sexuales, las luchas de género. Un homosexual en una serie de Murphy pecará de estereotipo, y un afroamericano jugará su papel de pantera negra. La mujer, como hemos visto, será poderosa. Una manifestación perenne de caracteres que no encuentran su sentido y su sitio en esta realidad, encorsetada y asustada.

En Nip/Tuck (2003–2010), la clínica de cirugía estética de los doctores Troy y McNamara sitúa a personajes y tramas lejos de ser anodinas. Una de estas tramas, por cierto, ve a un aún desconocido Peter Dinklage aka Tyrion Lannister liarse con la súper rubia Joely Richardson –el shock radica en el amorío entre un enano y una rubia despampanante–. En Glee (2009–2015), la música es la salvación de personajes encasillados en sus roles de instituto americano: el chulo, el marica, la negra gorda, el paralítico.

Y es aquí donde volvemos a la cultura pop. Porque la obra de Murphy no puede comprenderse sin su voluntad de cambiar la sociedad, de liberarla a partir de su diversidad intrínseca. La cultura popular es hija de esta diversidad.

Diversidad

Terminamos este análisis visitando a Michel Foucault. Mi filósofo preferido, nacido en Poitiers en 1926 y muerto en París en 1957, es uno de los pensadores modernos más prolíficos de la sociedad occidental contemporánea. Me serví de su filosofía estructuralista para el análisis de Orange is the new black, y vuelvo a servirme de su hiperuranio para hablar de la diversidad reivindicada en American Horror Story.

Porque la diversidad multicultural y multirracial es la nueva normalidad. Una normalidad que se ve amenazada por las histerias del Brexit, Donald Trump, el lepenismo, la Lega Nord y otros batiburrillos.

La normalidad proviene de la norma, de lo establecido. Recuerdo que mi abuelo, psiquiatra catalán importante durante la posguerra, hablaba de los deficientes mentales como subnormales. Esa era la palabra médica empírica para clasificar a las personas cuyo coeficiente intelectual es menor al establecido por las normas tácitas de nuestra sociedad.

Mi padre, también psiquiatra, jamás ha utilizado esa palabra, ni la usará, porque la nueva norma establece que los imbéciles, los idiotas y los subnormales son hoy personas con discapacidades psicológicas. Vemos cómo la norma proviene de la lengua, crea lenguaje y establece una nueva clasificación de la verdad.

En la norma estamos seguros, en la norma sabemos por dónde caminar. Lo que está en las cunetas de la norma ha sido desechado, olvidado, y no posee salvación.

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En American Horror Story vemos toda, absolutamente toda, la diversidad. Se trata incluso la síndrome de Down, a la que los médicos de la época de John Langdon Haydon Down (siglo XIX) llamaban mongoloides o mongoles, estableciendo una conexión entre este pueblo asiático y la patología. La actriz Jamie Brewer aparece en AHS como Addy Langdon en Murder House, como la bruja Nan en Coven y como la muñeca Marjorie en Freak Show.

Tres personajes diferentes en los que la síndrome de Down de la actriz es también la del personaje en Murder House, pues tanto en Coven como en Freak Show se presentan los caracteres de Brewer como parte de una nueva normalidad. Una normalidad que desea ser sinónimo de diversidad, y viceversa.

No hay temporada de AHS en la que se intuya que la mujer, el color de piel, la orientación sexual, son hechos normales de una humanidad que los ve como anormales o inferiores o incluso monstruosos.

Volvemos a la reivindicación constante de la serie y de su creador. Volvemos a la liberación que representan Murphy y AHS para con la diversidad y sus actores. Todos se besan con todos, todos matan a todos, todos son como todos. Son monstruos. Y son humanos.

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La primera de las figuras de lo que Foucault llama el monstruo humano es el que trasgrede la ley. La noción de monstruo es así una noción jurídica. Lo que define al monstruo es el hecho de que, en su existencia y su forma, no sólo viola el pacto cívico, sino también las leyes de la naturaleza. El monstruo aparece en este espacio como un fenómeno extremo: es el fin de la ley y de lo que creemos por natural.

El monstruo es anormal, es antinatural, está fuera del alcance de la ética, de la ley y de la vida. Es la representación de la muerte, y a la muerte hay que combatirla, huir de ella, aun siendo esta tan natural como la vida.

En la Antigüedad, griegos y romanos llamaban bárbaros a todos aquellos pueblos que estaban fuera de su marco mental, de su civilización, de sus maneras de ser. Dicha palabra proviene de la onomatopeya berber, que podía ser una forma antigua de decir blablá.

Los griegos y después los romanos no comprendían a los extranjeros y los llamaban con su equivalente de lo que hoy podríamos decir blabladores. Lo que está fuera de la poleis, de la civitas (ciudad y civilización en latín) es inferior, es anormal. Debe ser corregido.

Una constante que se ha repetido a lo largo de la historia de Occidente. De ahí provienen las guerras y los genocidios y las colonizaciones. Como las langostas, la normalidad ha establecido realidades antinaturales a lo largo de la historia.

Porque el monstruo es la excepción por definición: el individuo a corregir. Hasta hace unas pocas décadas, la normalidad de la sociedad americana establecía que los negros tenían que vivir segregados de los blancos. Y hasta hace pocos años, toda orientación sexual diferente al concepto mujer–hombre era sinónimo de enfermedad.

Se tendía a poner en el mismo saco de los horrores a gais, negros, chinos, vagabundos, y otros seres tan humanos que nos recuerdan lo finito de la vida. La norma entra en nosotros, y nosotros la transformamos, la alimentamos, la utilizamos, con ella estamos seguros, y lo que está fuera de la norma es el enemigo, porque fuera de la norma desaparece la seguridad.

La diversidad nos hace humanos. Nos recuerda nuestra naturaleza. La normalidad es una máscara, es la mentira, es la muerte de Dios. Si Nietzsche fuese un tertuliano de televisión, aparte de llevar un embudo en la cabeza e ir en caballo por la calle, diría que la diversidad es humana, demasiado humana.

Toda aquella idea que sugiera que la normalidad es intrínsecamente coherente, sencilla y estructuralmente rígida, es una idea falaz y perversa. La diversidad, el monstruo, reside en la complejidad. Y solo comprendiendo cuán compleja es la naturaleza –de la que somos parte– comprenderemos que la diversidad nos hace libres.

Conclusiones del horror

Hemos repasado American Horror Story viendo la fuerza de sus mujeres. Hemos apuntado algunas características comunes de la obra de Ryan Murphy. Hemos recordado que la cultura popular es madre e hija de esta serie. Y nos hemos imaginado a un tertuliano Nietzsche mientras recordábamos a Foucault y sus monstruos.

Terminamos este análisis deseando una pronta recuperación de la antología. Y decimos pronta porque no ha sido siempre buena. Como hemos apuntado, AHS posee temporadas irregulares, una normal, y dos excelentes.

Seis cuentos de los cuales solo dos pueden ser considerados obras maestras (Asylum y Roanoke). Seis cuentos que crean un universo tan grande como el de A Song of Ice and Fire.

Seis cuentos que están lejos de terminar, pues Ryan Murphy y Brad Falchuk han afirmado que harán una séptima y una octava temporadas. Nuevos cuentos que añadirán información horizontal al universo de la antología. Más sangre, más locura. Y la bici estará ahí para contarlo.

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