Amor es vieja prosa

Manita volvió a sentarse al lado de la muerte. Habían pasado muchas lunas desde la llegada de nuestra visitante más espectacular y fenomenal, de la compañera más cercana a las filosoferías del negro cuernudo.

–El amor es una mezcla de sentimientos explosiva –soltó Manita con la pipa de opio de la de la Esquina entre sus dedos índice y pulgar, como si fumase un canuto mal liado. –¿No es mejor soltar los amarres de la humanidad y no sobrellevar estas luchas de entrañas?

–El amor es vieja prosa, querido amigo. Es poesía anciana, escritura neuronal e instintiva sin paliativos. Es obsesión tranquila y cuidado loco.

–Mezcla de admiración, afecto, deseo y orgullo.

–La admiración lleva a la envidia, el afecto lleva al descuido, el deseo lleva al celo, el orgullo lleva a la paranoia. Estos antagonistas también conforman el alma del amor, su espíritu más animal.

–¿Una paradoja?

–Exacto, Manita –tomó la pipa de opio y echó dos caladas–. Una amalgama de impulsos descontrolados que, por arte de magia, ¿o de razón?, se canalizan por la sangre y los pensamientos, la piel se eriza y el corazón palpita fuerte, desbocado, un hombre se vuelve caballo, siente necesidad que cree incontrolable pero, ¡uy!, vigila.

–¿Un centinela?

–Es un vigía atento, robusto vino rojo como la pasión y negro como el odio, verde como la esperanza y azul como la paz del cielo sin nubes. Una especie de broma de la naturaleza que gusta hacerse pasar por guasa barata pero que en realidad es un atributo de la fortuna, del hado más humano de todos.

–¿La muerte puede conocerlo? –preguntó pícaro Manita–. O mejor, ¿La muerte lo ha conocido?

–La muerte es igual a la vida, como el odio es igual al amor, lo uno lleva a lo otro y viceversa, en una conversión química de los gases y los líquidos que forman vuestros cuerpos. No puedo mentir y no mentiré al afirmar que la muerte puede, debe, sentir amor, porque es su obligación ser aquella idea que los hombres quieran que sea.

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