The Amazing Spider-Man: Rise of Electro

Benjamín Parker, el tío Ben, era politólogo sin saberlo: suya es una de las máximas más simples y a la vez más profundas en cuanto al poder. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Ecuación poder igual a responsabilidad. Bajo esta máxima, Stan Lee teje el superhéroe adolescente por antonomasia: cuando es Peter Parker, sufre en silencio todo aquello que es inherente a la adolescencia, mientras que cuando se viste bajo el chándal rojo y azul de Spider-Man, aparece un ser chulo, guay, molón, simpático.

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Los superhéroes son los dioses y los héroes paganos (grecorromanos, celtas, nórdicos) pasados por el filtro de la revolución industrial. Cada superhéroe y cada supervillano contemplan un carácter propio del que se formulan sus historietas –cómics, series, y ahora sobre todo filmes–.

Si Superman es un inmigrante de otro planeta con destino mesiánico, y Batman un existencialista que leyó con pasión las obras de Heidegger, Spider-Man es un superhéroe populista y adolescente (entre los 17 y los 20 años, cuando Clark Kent se acerca a la treintena o incluso la colma, y Bruce Wayne se acerca más a la cuarentena).

El hecho de que las andanzas de Spider-Man sucedan en la capital del mundo, Nueva York, y no en una alegoría de la ciudad cuales Metrópolis o Gotham, es una pieza más del populismo que desprende Peter Parker cuando está vestido de hombre araña: el hecho de que se cuelgue de los edificios de una ciudad por todos conocida, real, verdadera, hace que el espectador se vea reflejado en los ciudadanos que, embobados, contemplan detrás de las vallas cómo Spider-Man lucha contra los malos que la Oscorp vomita de vez en cuando.

Marc Webb sigue la nueva trilogía acerca del mundo interior y exterior de Peter Parker, iniciada en 2011 con el reboot liderado por un buen elegido y muy correcto Andrew Garfield –actor de 31 años que aquí interpreta a un chaval de 19–, con una segunda parte sobresaturada de villanos, en la que el axioma del tío Ben toma mucho significado. La bella Gwen Stacey (¡qué guapa es Emma Stone!), el pringao Max Dillon convertido en Electro, y Harry Osborn se ilusionan en exceso con Spider-Man, sufriendo terribles consecuencias físicas –y también psicológicas los dos últimos.

En esta ocasión, Electro copa el papel del archimalo, un Jamie Foxx que conforma un malo malísimo tan azul que puede llegar a parecer una mezcla entre negro albino y Dr. Manhattan. También sale Rhino, interpretado por un Paul Giamatti que quizá aparezca bastante más en la tercera entrega, ya que en esta sale poco. Sally Field, como tía May, es un añadido muy fuerte para esta nueva trilogía, ya que el nivel interpretativo de la peli sube cuando ella y su sobrino hacen escenas juntos (hay momentos en los que te preguntas si aparecerán Forrest Gump o la Sra. Doubtfire, dos de las películas más conocidas de esta actriz).

El casting esta vez ha sido justo con Harry Osborn: si en la trilogía anterior James Franco, aun siendo un actor muy querido por Los de la Bici, no estaba a la altura del personaje, esta vez tenemos a Dane DeHaan, quien nos recuerda a sus personajes más inquietantes (el Andrew Detmer de Chronicle, 2012; y el Lucien Carr de Kill Your Darlings, 2013). Jamie Foxx como Electro es, también, una muy buena elección.

El espectador puede llegar a cansarse con dos horas y media de metraje, y si es fan de los cómics verá que hay diferencias importantes, aun siendo ésta, y no la de Sam Raimi, la trilogía que más se parece al cómic original en cuanto a lenguaje. No busquemos, además, mayor filosofería que la del tío Ben, el poder y la responsabilidad, porque no la hay.

Los superhéroes son los dioses y los héroes paganos pasados por el filtro de la revolución industrial

Cierto es que en OsCorp pintan una gran corporación empresarial cruel que pervierte las teorías de Joseph Schumpeter acerca de la creación destructiva y la innovación como motor que renueva sin cesar el sistema económico capitalista. Incluso los Osborn son víctimas del engendro OsCorp, un edificio que vemos en los skylines de NY presentados en la peli, y en los que ya aparece la nueva Freedom Tower.

Entre el público extasiado de ciudadanos neoyorquinos, además, pudimos ver con asombro a nuestro amigo Lorenzo Franceschi, quien trabaja en Mashable después de que J.J. Jameson lo echara del Daily Bugle.

Los efectos especiales alucinan y el vestuario tiene toques hipster. Los peinados y la estética en general, cambian a medida que uno se inyecta algo o cae en algo que lleve el logo de OsCorp.

La música, pincelada por Hans Zimmer, presenta una muy buena canción de créditos finales obra de Alicia Keys con Kendrick Lamar, It’s On Again. El doblaje en castellano está muy bien hecho, del que sobresale el del actor Iván Labanda, humorista e imitador del Polònia y el Crackòvia de TV3.

Es un filme que entretiene, del que se desprende otro dato interesante: los tres superhéroes americanos más famosos mundialmente han sido interpretados últimamente por actores británicos. Christian Bale fue Batman, Henry Cavill ha sido Superman, y Andrew Garfield es Spider-Man. La gran máquina propagandística del imperio americano, Hollywood, busca en el West End.

Y no se olvida de los estereotipos: en este film vemos un médico alemán, el Dr. Kafka, afeminado y casi nazi, y a un ruso brutal, animal, bestial. No nos olvidemos de que los superhéroes son los dioses y los héroes paganos pasados por el filtro de la industrialización… y que todos ellos viven en los Estados Unidos de América.

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