La abuela de la Mamá Santa

Tenéis que saber, dijo el ruso Leós Trasky, que no podremos salir jamás nunca de esta prisión tropical al aire libre si aceptamos el regalo sorprendente de la muerte, tenemos que conocer lo que implica no conocer tal hazaña de la vida, debemos comprender la conciencia de la Tierra y de su naturaleza, del comienzo y de su resultado, porque todo fin supone la creación de algo nuevo y la muerte eso lo sabe y juega con nosotros. Después de su aventura de gracia y clemencia falsas ella se irá diciendo que nunca volverá, pero ella sí querrá volver y aquí la tendremos otra vez, y seguirá riéndose de nosotros porque sabe que somos borrachos estúpidos sin esperanzas y con demasiados fantasmas en los recuerdos.

Ella no es como creemos que es, solo toma la forma que deseamos que tome y se nos introduce como un espíritu de nuestra memoria o de la memoria del colega ajeno. ¿No conociste una Luz Loca? ¿No bebiste ron hasta tener delante del morro a la abuela de tu señora esposa? ¿No estuviste a punto de correr asustado de esta aldea sin historia? Porque la abuela de la Mamá Santa también fue la muerte y fue su nieta la que la llamó para embrujarte y conocerte y así saber quiénes son los portadores de la idiotez suprema.

El eterno retorno no es tal, sino que es un comienzo en abstracción, una filosofería hermética sin cuenta ni diccionario, cuyas palabras son las guardianas de su esencia y, aunque las conozcamos, no las comprendemos. Veo el futuro y éste es mi sino, mi pecado y mi obligada tarea, y el futuro explica cosas horribles con canes sin escrúpulos y una expedición de los comandantes revolucionarios hacia estas paredes dejadas de la mano de Dios, aunque Dios está prohibido en mi madrepatria.

Todo puede estar perdido, pero ya que será un juego de la muerte, será solo una coma dentro de su novela cómica y nosotros viviremos minutos de tremenda felicidad gracias a unas musas de extraña procedencia, prólogo de la manada que nos esclavizará, nos aterrorizará y nos liberará. La profecía del ruso fue un viento helado que sopló después de que la muerte nos dejara.

El aguacate de Moro cayó, rodó hasta la puerta de la taberna, en la que se apostaba la Mamá Santa con un mazo para chinchar banano. Aplastó el aguacate con su pie de rinoceronte, agarró al ruso de la oreja y le conminó que no hablase nunca jamás de su familia.

Cuando se hubo ido, me obligó que volviera a casa, y así hice. En juventud la Mamá Santa era una preciosa pelirroja con motas negras de senos turgentes y andares sugerentes, y no la bruja obesa de cabello negro y piel tigreña, con vestido amarillo y descalza por doquier.

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